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Las portadas de las cinco revistas semanales
Las trabas de 'El Mundo' para rectificar un bulo sobre Silvia Intxaurrondo
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| Tuit de la periodista |
Tertulianos entre el barro
Apuraba
el último café de la mañana cuando me sorprendió la voz de un tertuliano en una
emisora almeriense. Sentenciaba con gravedad de plomo que España no ha salido
jamás de Duelo a garrotazos, aquel cuadro de Francisco de Goya que retrata dos
hombres golpeándose de rodillas en el barro.
Cuando
terminó su perorata, me quedé con un nudo en la garganta. Para él, cuanto más
progreso acumulamos, menos despejado parece estar todo. Como si siguiéramos
siendo esos dos hombres golpeándose, de rodillas y enterrados en el barro de la
confusión, mientras el paisaje se desmorona alrededor.
Decía
el apocalíptico tertuliano, con la convicción de quien ha visto el fin de
España en un titular de prensa, que la polarización es nuestro estado natural,
una condena de arcilla y sangre que nos impide avanzar.
Ese
diagnóstico, que tanto gusta a quienes viven del miedo, quizá no ande falto de
razón al describir nuestras sombras, pero pocas veces se mira con la misma
atención la luz que aún persiste entre ellas. Y es que el ruido no es un
accidente, sino un producto de diseño, una mercancía que se vende en los
despachos donde la crispación cotiza al alza.
Sin
embargo, al apagar la radio, el silencio se llenó de una luz distinta. La vida,
que casi siempre discurre lejos de los tertulianos y de los parlamentos,
comenzó a escribir su prosa sobre la mañana. Porque España no es solo ese
lienzo oscuro de Goya.
Mientras
unos gritan en las plazas públicas -porque el escándalo es su única forma de
relevancia- otros hablan en voz baja y avanzan. Investigan en el Hospital
Universitario Torrecárdenas, donde se lidera la lucha contra el Síndrome de
Wolfram. Son quienes cada mañana levantan hospitales, siembran campos y enseñan
en las aulas con la misma obstinación que las olas del Cabo de Gata vuelven
siempre a la orilla. No es casualidad que en esta provincia trabajen doce
centros especializados en investigación y desarrollo de semillas, pequeñas
cápsulas de futuro donde se ensayan las respuestas alimentarias de un planeta
que crece.
Quizá
por eso conviene recordar que incluso en los tiempos más ásperos, cuando hay
gente que parece mirarse en el espejo deformante de Ramón María del
Valle-Inclán por pura autoflagelación, la vida sigue abriéndose paso. No somos
figurantes de una tragedia goyesca como cree el tertuliano, sino autores de una
partitura que aún no ha terminado de sonar.
Es la España silenciosa que escribe otra partitura, lejos del tertuliano gritándonos que el barro nos llega al cuello; aquella que Julio Alfredo Egea imaginó, donde “la luz no es un adorno, sino una insobornable voluntad de ser”.
Mediaset y el «caso Chiclana»: Cuando el despacho corrige a la trinchera
En el periodismo de guerra existe una jerarquía sagrada: la verdad de quien
pisa el barro siempre debería valer más que la opinión de quien pisa la
moqueta. Sin embargo, en los despachos de Fuencarral, esa lógica parece haberse
invertido. El reciente incidente protagonizado por la enviada especial Laura
de Chiclana no es solo un conflicto editorial; es el síntoma de una
televisión, Mediaset, que prefiere la comodidad del relato oficial al riesgo de
la evidencia incómoda.
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| Laura de Chiclana, en Cuatro |
Laura de Chiclana no es una recién llegada. Su rostro, curtido en las
noches de Jersón y bajo el estruendo de Gaza, le ha valido a Mediaset premios,
prestigio y cuotas de pantalla. Pero el idilio terminó cuando la realidad que
ella veía a través de su objetivo dejó de encajar en el guion de la cadena. Al
informar sobre la exclusión de ciudadanos de etnia árabe de los refugios
antiaéreos en Israel, Chiclana no hacía política: hacía periodismo. Pero el
poder de los censuradores modernos no necesita de tijeras físicas; le
basta con una "rectificación" en directo y un silencio atronador
posterior.
Lo ocurrido en el programa Horizonte y la gestión
posterior de la cadena han provocado un efecto Streisand de dimensiones
globales. En su intento por matizar o desmentir a su propia enviada —aquella
que se juega la vida mientras otros ajustan el nudo de su corbata—, Mediaset ha
conseguido que la denuncia de Chiclana dé la vuelta al mundo. La repercusión en
redes sociales y medios independientes internacionales ha puesto el foco en una
práctica peligrosa: la desautorización del testigo directo para no incomodar a
los grandes poderes que sostienen el tablero geopolítico.
A este atropello profesional se le suma una capa de hipocresía corporativa
insoportable. Mientras la cadena se envuelve en banderas de igualdad, la propia
periodista ha tenido que alzar la voz para denunciar una brecha salarial
sangrante. Es el retrato de la precariedad de lujo: te enviamos a la zona de
conflicto, te premiamos en las galas de la capital, pero te pagamos menos que a
tus compañeros varones y te corregimos si tu verdad resulta demasiado cruda
para nuestra línea editorial.
El caso de Laura de Chiclana es una advertencia para todos. Si los grandes grupos de comunicación permiten que sus cronistas sean humillados por decir lo que ven, el periodismo dejará de ser el "contrapoder" para convertirse en un simple departamento de relaciones públicas. Mediaset ha ganado una rectificación, pero ha perdido algo mucho más difícil de recuperar: la credibilidad frente a una audiencia que ya no se conforma con verdades precocinadas.














