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La deuda

Ignacio Ortega
@opinionalmeria 

El 28 de junio Almería volvió a vestirse de arcoíris. La calle fue un río de cuerpos con la piel erizada, banderas abiertas como pulmones y una alegría que era, también, trinchera. Enfrente, la vieja pregunta: ¿por qué hacer de la piel un manifiesto? ¿Por qué convertir el beso en pancarta?

Porque la memoria huele aún a calabozo. Aquí, amar fue delito hasta 1979. La Ley de Peligrosidad Social bordó barrotes en el psiquiátrico de la carretera El Mamí y en la vieja cárcel. Esa mentalidad no murió: aprendió a votar. Lo vimos cuando Vox se opuso en el Pleno a crear un observatorio municipal LGTBI y amagó con bloquear presupuestos si salía adelante.

No es un eco lejano. Es la hostilidad que late en Almería, donde ocurre uno de cada diez incidentes por LGTBIfobia de toda Andalucía. Un acoso silencioso que empuja a los jóvenes a camuflarse para sobrevivir en su propia ciudad. Almería guarda armarios con cerrojo. Hay muchachos que borran el móvil antes de cruzar el umbral. Hay padres que prefieren un hijo roto a un hijo maricón. Hay vestuarios donde la palabra pluma corta más que el césped. Hay consultas donde preguntan si eso es amor de verdad. No es identidad: es la asfixia que fabrica el “yo no tengo nada en contra, pero...”.

Lo vi. El 28 de junio, terminada la marea, en Plaza Vieja. Un grupo volvía con la bandera aún tibia, purpurina como una constelación brillando en la piel y camisetas que eran un grito. Desde un soportal de la Plaza Vieja brotó el veneno: “maricones de mierda, vestiros normales, qué asco”. No volaron piedras. Volaron palabras que pesan igual. Ellos apretaron el mástil y siguieron. El manifiesto significa eso: seguir cuando te quieren mudo y quieto en penumbra.

Cada beso público dado en aquella manifestación saldaba siglos de besos escondidos. No pedían trono. Pedían no aplaudir un día y reírse el resto del año. Que al llamar “mariconazo” o “bollera” a una persona, nuestras voces no se hagan silencio. Como a mí me ocurrió aquella tarde del 28 de junio: ante el veneno bajo el soportal de la Plaza Vieja, mi silencio cómodo se hizo ovillo.

No pensé por qué alzaban la bandera. Pensé por qué la calle seguía oliendo a miedo. Pero mi silencio fue parte del linchamiento: vi el latigazo, me encogí de hombros y seguí andando. Olvidé que aquel día no era fiesta; era deuda.

Entre una radio azul y claveles rojos: descubriendo a Rocío Jurado

Marian Lozano
@marian65x 

Entre todos los estribillos de canciones de mi infancia, hay uno que en estos días resuena con fuerza: Un clavel / Un rojo, rojo clavel / Un clavel / A la orilla de mi boca / Cuidé yo como una loca / Poniendo mi vida en él.

Un clavel

Y lo escucho lógicamente con la voz de Rocío Jurado. Habíamos cambiado de década, corrían los primerísimos años de los setenta y en mi casa mi súper joven madre cambiaba de emisora de radio, pasando sin mucho criterio de la copla y la rumba del programa Feria de Coplas de Radio Intercontinental a la modernidad y lo yeyé de Los 40 Principales. Aún puedo visualizar perfectamente esa radio de sobremesa de color azul, de marca Marconi, con sus dos botones nacarados a cada extremo del dial, colocada sobre el mueble bar de nuestro pequeño salón. 

Y llegó la adolescencia, y entonces, en vacaciones y los fines de semana solo se escuchaban Los 40 y las cintas de cassette con canciones grabadas, incluso con los cortes de publicidad. Desconozco qué escucharía mi madre en esa época mientras yo estaba en el colegio. 

Como casi toda mi generación, rechazaba la canción ligera nacional y todo lo que oliera a folclore. Mi música elegida comenzó con los ídolos alentados por el Súper Pop, como Miguel Bosé, Los Pecos, Iván, Leif Garrett. Luego vinieron los grupos de la Movida, los cantautores y toda la música que llegaba desde Reino Unido y Estados Unidos. La música, llamémosla clásica, quedó relegada a los viajes en coche, donde mi madre, ejerciendo de copilota, nos machacaba una y otra vez con Raphael, Julio Iglesias, Camilo Sesto, Albert Hammond, Manolo Escobar, Rumba Tres y las dos Rocíos: la Jurado y la Dúrcal. Cosa que hoy agradezco, aunque en aquella época diera la tabarra todo el trayecto hasta que una de mis cintas se introdujera en el reproductor del Chrysler 150 verde metalizado. 

A quien realmente le gustaba Rocío Jurado era a mi padre, castellano tímido y todo lo contrario a mi lanzada madre que interpretaba y bailaba las canciones mientras las escuchaba. Con el tiempo me enteré de que, a mi padre, en su cuadrilla de juventud, los quintos de su pueblo burgalés le apodaban Molina porque siempre, en fiestas y meriendas en las bodegas, terminaba cantando las canciones del interprete de Soy Minero y de otros cantantes de la época. Según me contaban, lo siguió haciendo hasta en sus últimas visitas al pueblo cuando la pandilla de quintos jubilados se reunía en vacaciones y puentes. 

Recuerdo como, ya entrados los noventa, en las largas sobremesas en el mesón de sus amigos Paco y Ginés, mi padre se declaraba fan a tope de Rocío Jurado, mientras ellos eran Pantojistas de pro. Una defensa a muerte. Aquello era divertidísimo, pues entre los clientes formaban bandos como si se tratara del derbi Madrid-Barcelona. Quien canta mejor, quien es mas guapa, quien viste mejor, quien se come el escenario… 

Así que yo conocía a Rocío Jurado como la mayoría de mis coetáneos, principalmente por la radio y la televisión, porque raro era el programa en el que Rocío Jurado no estuviera presente. Era imposible no fijarse en su voz, en su presencia en el escenario, en sus espectaculares trajes y en su simpatía. Pero ahí se quedaba la cosa y todo mi conocimiento musical sobre la estrella internacional de Chipiona. Mi tía, asidua del mundo de la farándula, compraba todas las semanas las cuatro revistas punteras del corazón: Hola, Semana, Lecturas y Diez Minutos. Revistas que heredábamos, y sí, tengo que reconocer que desde muy corta edad crecí con las peripecias de los personajes de corazón y artistas de aquella época, entre ellos Rocío Jurado y Pedro Carrasco. Así que no me perdí ninguno de los extensos reportajes que recogían los principales acontecimientos de su vida: boda, nacimiento de su hija, Navidades, cumpleaños, separación, etc. 

Como espectadora de los recién llegados programas de corazón a la televisión y de Crónicas Marcianas -programa al que agradezco, unas veces sí y otras no tanto, mi costumbre de leer todos los días hasta las dos de la madrugada- fui testigo de cómo la vida íntima de la Jurado traspasa del papel couché a la pantalla. Ciento de horas, bajo un solo prisma, el de la conflictividad y la maledicencia, provocado por la llegada del yerno aprovechado, Antonio David, a Telecinco, que amargó la vida a Rocío y arruinó la de su hija. Y vengo a confesar que yo también fui espectadora de la televisada boda con Ortega Cano.

En 2006, cuando Rocío fallece, mi tía -una mujer de bandera, nacida en el 36 y que nos dejó durante la pandemia- me pide que le regale el recopilatorio en DVD y CD Rocío Siempre, ese maravilloso homenaje en el que grandes artistas cantaron a dúo con la Jurado, que emitió La 1 y que arrasó con más de tres millones y medio de espectadores y un 25 % de cuota de pantalla. Es en ese momento cuando me doy cuenta del verdadero talento musical de La Más Grande y comienzo a admirar su trabajo y su extraordinaria calidad vocal.

Yo escuchaba atentamente las anécdotas que me contaba mi tía cuando la visitaba. Nada más llegar, me ponía el DVD de Rocío Siempre, un vídeo que ella debía de ver una y otra vez entre partidos del Real Madrid y películas clásicas. En esas ocasiones me contaba que Rocío y ella habían sido vecinas en su época de soltera cuando vivía en la calle Coslada, esquina con Cartagena, y que mantuvieron una cierta relación durante aquel tiempo. O aquella vez, mucho antes de ser vecinas, en la que ella y un amigo recogieron en su taxi a Rocío y a su hermana a la salida de una venta o un tablao a las afueras de Madrid porque no tenían forma de volver a casa.

Comentaba sus looks, el comienzo de su historia de amor con Pedro y mil detalles más de la vida de la de Chipiona. Todo ello me llevó a admirar profundamente a la mujer y a la artista, más aún cuando empecé a ser consciente de la fuerza de muchas de sus declaraciones al revisar extractos de entrevistas en YouTube. No es extraño que sufriera ese síndrome tan popular que nos hace ser más conscientes de la verdadera grandiosidad de los artistas cuando estos desaparecen.

Ahora, gracias a su hija Rocío Carrasco, estamos disfrutando de un documental en el que la propia Jurado, con su voz y sus recuerdos, nos muestra su vida personal y artística desde sus comienzos hasta el final de sus días. Y pienso que, del mismo modo que yo la descubrí como estrella y referente cultural al cumplir los cuarenta, ahora serán otros los que tengan la oportunidad de conocer la dimensión de su legado. Porque su música, internacionalmente conocida, sigue sonando en radios, fiestas y celebraciones décadas después. En realidad, nunca se ha ido, siempre ha estado ahí, esperando a ser descubierta de nuevo por cada generación. 

Más que merecido y necesitado este homenaje y el biopic que se está cociendo en RTVE. Gracias, Rocío Carrasco, por honrar con verdad el legado de tus padres.

Las portadas de los tres periódicos de Almería

Aarón Rodríguez
@opinionalmeria

Cada mañana se pueden adquirir tres periódicos de papel que tratan sobre los temas de Almería y su provincia. El decano es  La Voz de Almería , que es también el que tiene mayor difusión. El segundo por el número de lectores es  Ideal,  el periódico con sede en Granada, que tiene una edición especial para Almería. El tercero en difusión es el más joven -que recuperó el nombre de una cabecera histórica-, Diario de Almería, que pertenece al Grupo Joly, propietario de cabeceras en casi todas las provincias andaluzas:




El drama estival de los televidentes que no consumen streaming

Marian Lozano
@marian65x 

Las redes sociales y los influyentes se empeñan en estos días en proyectar imágenes idílicas de maletas, aeropuertos, barcos, cócteles coloridos con pajitas y playas paradisíacas de arena blanca. Parece que, en julio y agosto, todo quisqui se va de vacaciones. Pero la realidad a pie de calle es muy distinta. Para gran parte de la clase trabajadora y jubilados, el verano no se vive en un resort de lujo ni en un apartamento en la costa, ni tan siquiera en el pueblo de los abuelos sustituido en estos tiempos por la casa rural. El verano, para muchos más de los que se piensa, se pasa en el piso de siempre y luchando contra el termómetro. 

Con este calor asfixiante y las carteras tiesas por los salarios estancados y las pensiones que aunque algunos las vendan como un privilegio, no dan más de sí, incluso la opción de salir a disfrutar de terrazas o locales de ocio en la ciudad se convierte en un lujo inalcanzable. Para muchos, el único refugio es el fresquito del salón de casa, y buscando en la televisión una ventana de desconexión en el duro día a día. 

El problema es que la industria televisiva sí se va de vacaciones. El negocio es consciente de que las audiencias caen en verano, y la respuesta de las cadenas se repite año a año. Los programas estrella y las series con tirón hacen un parón forzoso hasta el mes de octubre, y las grandes figuras de la pantalla se despiden hasta el nuevo curso. El resultado es una programación de refritos, reposiciones y contenidos de relleno de muy bajo presupuesto. 

Esta desconexión o pobreza de contenidos estival de las cadenas generalistas es una injusticia para quienes no consumen streaming, bien sea por falta de recursos económicos para pagar una, tres o cuatro plataformas digitales, o porque la tecnología les ha llegado tarde, la inevitable brecha digital. Miles de espectadores se ven en verano atrapados en un apagón de entretenimiento. Justo cuando más necesitan la compañía de la pequeña pantalla, la televisión de siempre les da la espalda, recordándoles que, hasta para disfrutar de una buena película o una buena serie, la guita es quien manda.

Las portadas de las cinco revistas semanales

Aarón Rodríguez
@opinionalmeria

Ya están en los puntos de venta las revistas semanales. Cuatro de ellas (Lecturas, ¡Hola!, Diez Minutos y Semana) salen los miércoles, mientras la revista Pronto se adelanta sobre sus compañeras y se pone a la venta los lunes. Estas son las portadas de esta semana: