Apuraba
el último café de la mañana cuando me sorprendió la voz de un tertuliano en una
emisora local. Sentenciaba con gravedad de plomo que España no ha salido jamás
del “Duelo a garrotazos”, aquel cuadro de Francisco de Goya que retrata a dos
hombres golpeándose de rodillas en el barro. La frase no buscaba explicar, sino
sentenciar; no abrir un análisis, sino cerrarlo en forma de epitafio.
Cuando
terminó su perorata, me quedé atravesado. Para él, cuanto más progreso
acumulamos, menos despejado parece estar todo. Como si siguiéramos siendo esos
dos hombres golpeándose, enfangados en el barro de la confusión, mientras el
paisaje se desmorona alrededor.
Decía
el apocalíptico tertuliano, con la convicción de quien ha visto el fin de
España en un telediario, que la polarización es nuestro estado natural, una
condena de arcilla y sangre que nos impide avanzar. No hablaba del presente:
hablaba de una narrativa cerrada, cómoda para quien necesita un país en crisis
permanente para que su discurso tenga sentido.
Ese
diagnóstico, que tanto gusta a quienes viven del miedo y lanzan bulos, quizá no
ande falto de razón al describir nuestras sombras, pero pocas veces se mira con
la misma atención la luz que aún persiste entre ellas. Y es que el ruido no es
un accidente, sino un producto de diseño, una mercancía que se vende en los
despachos y redes sociales donde la crispación cotiza al alza. El problema no
es solo lo que ocurre, sino quién se beneficia de que lo veamos siempre como
catástrofe.
Mientras
el tertuliano relataba un país enfrentado yo pensaba en la universidad de
Almería, que cuenta con más de una docena de investigadores entre los
científicos más citados del mundo, o en el Hospital Torrecárdenas, donde una
investigadora, Gema Esteban, es referente internacional en la investigación del
síndrome de Wolfram. No son excepciones decorativas del relato optimista: son
estructuras reales que funcionan mientras el ruido mediático las ignora.
Pensaba
también en la gente que cada mañana abre su negocio, siembra en los
invernaderos o enseña en las aulas con la misma obstinación con que las olas
del Zapillo regresan siempre a la orilla. Esa repetición silenciosa es, en sí
misma, una forma de estabilidad que rara vez ocupa espacio en los debates
televisivos.
No
es casualidad que en esta provincia trabajen doce centros especializados en
investigación y desarrollo de semillas, pequeñas cápsulas de futuro donde se
ensayan las respuestas alimentarias de un planeta que crece. Aquí el futuro no
se declama: se cultiva en laboratorios discretos y fincas experimentales.
Quizá
por eso conviene recordar que incluso en los tiempos más ásperos, cuando hay
gente que parece mirarse en el espejo deformante de Ramón María del
Valle-Inclán por pura autoflagelación, este país sigue abriéndose paso. No
somos figurantes de una tragedia goyesca como cree el tertuliano, sino autores
de una partitura que aún no ha terminado de sonar. Y esa diferencia no es
estética: es una forma distinta de entender la realidad.
Es
la España silenciosa la que escribe esa partitura, lejos del tertuliano que nos
muestra siempre la pared más oscura de Goya. La otra España, la que imaginó el
poeta almeriense Julio Alfredo Egea, brilla allí donde “la luz no es un adorno,
sino una insobornable voluntad de ser”.
Quizá el verdadero conflicto no esté entre dos Españas enfrentadas, sino entre dos maneras de mirar la misma España: la que amplifica el barro y los traslada en forma de bulo y la que aún sabe distinguir la huella en él.








