Entre todos los estribillos de
canciones de mi infancia, hay uno que en estos días resuena con fuerza: Un clavel / Un rojo, rojo clavel / Un clavel / A la orilla de mi boca / Cuidé yo como una loca / Poniendo mi vida en él.
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| Un clavel |
Y lo escucho lógicamente con
la voz de Rocío Jurado. Habíamos cambiado de década,
corrían los primerísimos años de los setenta y en mi casa mi súper joven madre
cambiaba de emisora de radio, pasando sin mucho criterio de la copla y la rumba
del programa Feria de Coplas de Radio Intercontinental a la modernidad y lo
yeyé de Los 40 Principales. Aún puedo visualizar
perfectamente esa radio de sobremesa de color azul, de marca Marconi, con sus
dos botones nacarados a cada extremo del dial, colocada sobre el mueble bar de
nuestro pequeño salón.
Y llegó la adolescencia, y
entonces, en vacaciones y los fines de semana solo se escuchaban Los 40 y las
cintas de cassette con canciones grabadas, incluso con los cortes de publicidad.
Desconozco qué escucharía mi madre en esa época mientras yo estaba en el
colegio.
Como casi toda mi generación,
rechazaba la canción ligera nacional y todo lo que oliera a folclore. Mi música
elegida comenzó con los ídolos alentados por el Súper Pop, como Miguel Bosé,
Los Pecos, Iván, Leif Garrett. Luego vinieron los grupos de la Movida, los
cantautores y toda la música que llegaba desde Reino Unido y Estados Unidos. La
música, llamémosla clásica, quedó relegada a los viajes en coche, donde mi
madre, ejerciendo de copilota, nos machacaba una y otra vez con Raphael, Julio
Iglesias, Camilo Sesto, Albert Hammond, Manolo Escobar, Rumba Tres y las dos
Rocíos: la Jurado y la Dúrcal. Cosa que hoy agradezco, aunque en aquella época
diera la tabarra todo el trayecto hasta que una de mis cintas se introdujera en
el reproductor del Chrysler 150 verde metalizado.
A quien realmente le gustaba
Rocío Jurado era a mi padre, castellano tímido y todo lo contrario a mi lanzada
madre que interpretaba y bailaba las canciones mientras las escuchaba. Con el
tiempo me enteré de que, a mi padre, en su cuadrilla de juventud, los quintos
de su pueblo burgalés le apodaban Molina porque siempre, en fiestas y meriendas
en las bodegas, terminaba cantando las canciones del interprete de Soy Minero y
de otros cantantes de la época. Según me contaban, lo siguió haciendo hasta en
sus últimas visitas al pueblo cuando la pandilla de quintos jubilados se reunía
en vacaciones y puentes.
Recuerdo como, ya entrados los
noventa, en las largas sobremesas en el mesón de sus amigos Paco y Ginés, mi
padre se declaraba fan a tope de Rocío Jurado, mientras ellos eran Pantojistas
de pro. Una defensa a muerte. Aquello era divertidísimo, pues entre los
clientes formaban bandos como si se tratara del derbi Madrid-Barcelona. Quien
canta mejor, quien es mas guapa, quien viste mejor, quien se come el escenario…
Así que yo conocía a Rocío
Jurado como la mayoría de mis coetáneos, principalmente por la radio y la
televisión, porque raro era el programa en el que Rocío Jurado no estuviera
presente. Era imposible no fijarse en su voz, en su presencia en el escenario, en
sus espectaculares trajes y en su simpatía. Pero ahí se quedaba la cosa y todo
mi conocimiento musical sobre la estrella internacional de Chipiona. Mi tía,
asidua del mundo de la farándula, compraba todas las semanas las cuatro
revistas punteras del corazón: Hola, Semana, Lecturas y Diez Minutos. Revistas
que heredábamos, y sí, tengo que reconocer que desde muy corta edad crecí con
las peripecias de los personajes de corazón y artistas de aquella época, entre
ellos Rocío Jurado y Pedro Carrasco. Así que no me perdí ninguno de los
extensos reportajes que recogían los principales acontecimientos de su vida:
boda, nacimiento de su hija, Navidades, cumpleaños, separación, etc.
Como espectadora de los recién
llegados programas de corazón a la televisión y de Crónicas Marcianas -programa
al que agradezco, unas veces sí y otras no tanto, mi costumbre de leer todos
los días hasta las dos de la madrugada- fui testigo de cómo la vida íntima de
la Jurado traspasa del papel couché a la pantalla. Ciento de horas, bajo un
solo prisma, el de la conflictividad y la maledicencia, provocado por la
llegada del yerno aprovechado, Antonio David, a Telecinco, que amargó la vida a
Rocío y arruinó la de su hija. Y vengo a confesar que yo también fui
espectadora de la televisada boda con Ortega Cano.
En 2006, cuando Rocío fallece,
mi tía -una mujer de bandera, nacida en el 36 y que nos dejó durante la
pandemia- me pide que le regale el recopilatorio en DVD y CD Rocío Siempre, ese
maravilloso homenaje en el que grandes artistas cantaron a dúo con la Jurado,
que emitió La 1 y que arrasó con más de tres millones y medio de espectadores y
un 25 % de cuota de pantalla. Es en ese momento cuando me doy cuenta del
verdadero talento musical de La Más Grande y comienzo a admirar su trabajo y su
extraordinaria calidad vocal.
Yo escuchaba atentamente las
anécdotas que me contaba mi tía cuando la visitaba. Nada más llegar, me ponía
el DVD de Rocío Siempre, un vídeo que ella debía de ver una y otra vez entre
partidos del Real Madrid y películas clásicas. En esas ocasiones me contaba que
Rocío y ella habían sido vecinas en su época de soltera cuando vivía en la
calle Coslada, esquina con Cartagena, y que mantuvieron una cierta relación
durante aquel tiempo. O aquella vez, mucho antes de ser vecinas, en la que ella
y un amigo recogieron en su taxi a Rocío y a su hermana a la salida de una
venta o un tablao a las afueras de Madrid porque no tenían forma de volver a
casa.
Comentaba sus looks, el
comienzo de su historia de amor con Pedro y mil detalles más de la vida de la
de Chipiona. Todo ello me llevó a admirar profundamente a la mujer y a la
artista, más aún cuando empecé a ser consciente de la fuerza de muchas de sus declaraciones
al revisar extractos de entrevistas en YouTube. No es extraño que sufriera ese
síndrome tan popular que nos hace ser más conscientes de la verdadera
grandiosidad de los artistas cuando estos desaparecen.
Ahora, gracias a su hija Rocío
Carrasco, estamos disfrutando de un documental en el que la propia Jurado, con
su voz y sus recuerdos, nos muestra su vida personal y artística desde sus
comienzos hasta el final de sus días. Y pienso que, del mismo modo que yo la
descubrí como estrella y referente cultural al cumplir los cuarenta, ahora
serán otros los que tengan la oportunidad de conocer la dimensión de su legado. Porque su música, internacionalmente conocida, sigue sonando en radios, fiestas
y celebraciones décadas después. En realidad, nunca se ha ido, siempre ha
estado ahí, esperando a ser descubierta de nuevo por cada generación.
Más que merecido y necesitado
este homenaje y el biopic que se está cociendo en RTVE. Gracias, Rocío Carrasco, por
honrar con verdad el legado de tus padres.