Han pasado veinte años desde la muerte de Rocío Jurado, La Más Grande, pero las heridas de su herencia siguen abiertas en el corazón de muchos admiradores. Según el testamento oficial de la chipionera, leído poco después de su fallecimiento en 2006, el legado artístico -sus discos, películas, derechos de autor y la imagen como intérprete- correspondía principalmente a su hija mayor, Rocío Carrasco, designada heredera universal junto a otros bienes significativos.

Gloria Camila Ortega, en Telecinco
Sin embargo, en los meses y años posteriores al adiós de la artista, su hermana Gloria Mohedano y su viudo, José Ortega Cano, tomaron un camino que muchos han calificado de explotación comercial de la figura de Rocío Jurado. A pesar de que la voluntad testamentaria dejaba claro el destino del legado artístico, la finca Yerbabuena -propiedad principal del torero, aunque Rocío invirtió fuertemente en ella- se convirtió en un espacio de visitas turísticas y eventos donde se cobraba entrada y se vendía la memoria de la cantante.
Gloria Mohedano, según relatos posteriores de Rocío Carrasco en su docuserie, fue una de las impulsoras de esta iniciativa. La finca sevillana de Castilblanco de los Arroyos se abrió al público con tours, un museo improvisado dedicado a Rocío y actividades que incluían fotografías con los visitantes. Se llegó a cobrar cinco euros en efectivo por hacerse fotos con Gloria en el lugar, según testimonios de guías y participantes de aquellas visitas. La imagen de Rocío Jurado, sus vestidos, recuerdos y la propia esencia de su vida con Ortega Cano se convirtieron en un reclamo comercial.
Todo ello ocurría mientras Rocío Carrasco atravesaba uno de los momentos más difíciles de su vida, con graves problemas anímicos y personales que la mantuvieron alejada de los focos y de la gestión directa de parte del patrimonio. La hija de la Jurado ha denunciado públicamente en diversas ocasiones que esta comercialización se hizo sin su pleno consentimiento y en contra del espíritu del testamento, que le otorgaba a ella el control principal sobre el legado artístico.
Ortega Cano, por su parte, gestionó la ganadería y las instalaciones de Yerbabuena, transformando zonas en espacios para visitas y eventos. La finca, que fue escenario de su boda con Rocío y de momentos felices, pasó de ser un hogar familiar a un atractivo turístico. Años después, en 2013, el torero acabó vendiendo la propiedad.
Este episodio forma parte de las profundas grietas que se abrieron en la familia Mohedano-Jurado tras la muerte de la artista. Rocío Carrasco ha insistido en que su madre quiso protegerla económicamente como heredera universal, consciente de las circunstancias de cada uno de sus hijos. Sin embargo, la gestión posterior del recuerdo de Rocío Jurado generó un sentimiento de apropiación que aún hoy duele a muchos seguidores de la chipionera.
La historia de Rocío Jurado es la de una mujer que triunfó contra viento y marea, que entregó su voz y su alma al público. Su imagen, su arte y su memoria merecen ser respetados como lo que son: un legado cultural de Andalucía y de España, más allá de intereses familiares o comerciales. Veinte años después, la voz de La Más Grande sigue sonando con fuerza, pero las sombras de cómo se gestionó su herencia continúan siendo un capítulo polémico en la historia de una de las grandes figuras de nuestra música.








