Hay en Almería un calor que no
se explica, se respira. Un aire espeso que mezcla el vapor del mediodía con la
sal del mar hasta volver el ambiente casi físico, como si pudiera tocarse.
El verano se acerca, pero en
la playa los primeros veraneantes de siempre ya se saludan desde sus tumbonas,
como quienes comparten un secreto antiguo bajo el sol.
Para ellos -y para quienes
aprendimos a imaginar el agua desde el secano- el mar no es un decorado de
postal, sino un pulso indómito que sigue resistiendo. Almería no se ofrece al
turista de paso: se entrega solo a quien sabe habitar su luz y su silencio.
Quizá por eso su litoral sigue
siendo una rareza en el Mediterráneo español. Mientras otras costas han
terminado convertidas en escaparates turísticos, aquí todavía sobreviven
espacios donde el mar conserva algo de su carácter original. Tal vez sea ese carácter
indómito lo que me devuelve siempre a mi primer encuentro con el mar.
De pronto, recordé una mañana
como esta, de cuando, aún adolescente, llegué en autostop a Cádiz y contemplé
por primera vez el mar.
En mi juventud habría querido
tener recuerdos de veraneos como los de aquellos compañeros que regresaban al
instituto en septiembre con el verano aún cosido a la piel. Escuchaba sus
relatos como quien escucha historias de un mundo al que uno no ha tenido
acceso.
Yo, en cambio, intentaba
reconstruir ese mar desde la imaginación. Lo hacía a partir de conversaciones,
de imágenes ajenas y de una geografía interior donde el Mediterráneo se volvía
una materia quieta, casi suspendida. Así imaginaba yo el Mediterráneo, quizá
influido por Paul Valéry y su mar casi inmóvil en El cementerio marino. Durante
años lo confundí con una forma de eternidad.
Ahora no concibo este mar sin
olas rompiendo contra los espigones de las Almadrabillas y la larga curva de
playas del paseo marítimo. No sé qué poeta dijo que “un mar sin olas, es un mar
desolado”, como si las olas fueran el pulso vital del mar.
El litoral almeriense tiene un
mérito extraño: reduce la angustia humana al puro sofoco físico. Aquí no te
observa un muro de bloques, chalets y hoteles clónicos. Quizá no por sabiduría
sino por una mezcla de periferia, aislamiento y fortuna histórica, Almería ha
conservado una parte de su litoral al margen de las grandes transformaciones
turísticas. Nada que ver con la Carihuela, Los Boliches o La Caleta. Allí, el
estrépito humano sustituye al del agua. El olor del mar convive con la crema
solar y la fritura. El paisaje se vuelve una mezcla de ocio, densidad y un mar
chillón. Por eso, si te quejas del calor en Los Genoveses, es solo porque
alguien acaba de entrar en combustión en la Malagueta.
Y, sin embargo, le falta el
reclamo para justificar la chincheta en el mapa del turismo internacional, a
pesar de ser uno de los mejores entornos de buceo del Mediterráneo occidental
español que, aún sin ser un destino de buceo extremo sí destaca por su pureza,
luz y paisaje volcánico submarino.
Que le falte esa chincheta es,
en realidad, nuestro milagro. Bendito sea el olvido de los turoperadores.
Mientras buena parte del litoral mediterráneo ha ido llenándose de
construcciones, ruido y ocio organizado, este tramo de costa aún conserva zonas
de pausa, de silencio intermitente, donde el mar no ha sido domesticado y aún
se escucha el agua,
A veces, mientras miro este horizonte, reconozco en mí a aquel muchacho adolescente que llegó a Cádiz persiguiendo un mito. Comprendo entonces que el Mediterráneo nunca fue aquella plancha petrificada de Valéry que imaginaba entre los olivares de Jaén, sino este oleaje indómito que hoy golpea las Almadrabillas. Almería ha tenido la sabiduría de no vender su alma al mercado de las postales; prefiere seguir siendo una provincia periférica y real, un refugio de luz volcánica antes que una atracción de feria clonada. Decía Borges que el ser humano posee “la terrible potestad de elegir el infierno”. Que sigan buscando el mar en los mapas del turismo. Nosotros nos quedamos con el agua, allí donde todavía no ha sido domesticada.










