La televisión en directo tiene algo de funambulismo moral. Cada palabra
cuenta. Cada silencio también. Y cuando se produce un exceso -una frase
ofensiva, un comentario humillante o una afirmación rotundamente falsa- el
papel del presentador deja de ser meramente conductor del programa para
convertirse en garante del respeto y la convivencia.
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| Emma García / Telecinco |
Eso es exactamente lo que ha vuelto a poner sobre la mesa la comparación
entre lo ocurrido en El Hormiguero, presentado por Pablo Motos, y la reacción
de Emma García al frente de Fiesta.
El silencio que pesa más que una frase
En el programa de Antena 3, una colaboradora dedicó a la politóloga Sarah
Santaolalla la desafortunada expresión “mitad tonta, mitad tetas”. La frase no
necesita demasiada interpretación: es un insulto machista, reductivo y
profundamente descalificador.
Lo verdaderamente llamativo no fue solo la expresión, sino la ausencia de
una reacción inmediata por parte del presentador. En televisión, la omisión
también comunica. No corregir es, en cierta medida, validar. No matizar es
permitir que la ofensa quede suspendida en el aire como si formara parte del
espectáculo.
Las críticas no tardaron en llegar desde medios de comunicación y redes sociales. Y con razón. El problema no es el error puntual de un colaborador -algo que puede ocurrir en directo-, sino la falta de un marco ético claro por parte de quien dirige el espacio.
La reacción que marca la diferencia
Días después, en Telecinco, se ha vivido una situación distinta. La colaboradora Marisa Martín Blázquez, al explicar un conflicto con un inquilino que le adeuda 21.000 euros, ha utilizado la expresión “trabajo como una negra y pago mis impuestos religiosamente”. Una frase hecha, sí. Pero también una expresión con una carga racista evidente, aunque muchas veces se pronuncie sin conciencia del daño que implica.
Ahí fue donde Emma García hizo lo que debe hacer un presentador responsable: intervenir. Sin dramatismos innecesarios, sin humillar a la colaboradora, pero con claridad pedagógica: “Has dicho una frase que solemos decir y no deberíamos decir… Sé que no está hecho con mala fe, pero puedo entender a quienes se sienten aludidos. Disculpas mías y tuyas y de todos los que utilizamos frases sin darnos cuenta del dolor que pueden causar”.
La respuesta posterior de Marisa Martín Blázquez -reconociendo el error y pidiendo disculpas- demuestra que la corrección pública, cuando se hace con respeto, no genera conflicto sino aprendizaje.
Presentar no es solo entretener
Quien conduce un programa no es un mero moderador del turno de palabra. Es el responsable último del tono, de los límites y del marco moral en el que se desarrolla la conversación. La televisión generalista entra cada día en millones de hogares. Influye en el lenguaje, normaliza expresiones y contribuye -para bien o para mal- a construir cultura. Por eso resulta esencial que los presentadores sepan reaccionar cuando se cruzan líneas rojas. No se trata de censura. Se trata de responsabilidad. No se trata de inquisición moral. Se trata de respeto.
Emma García entendió que una frase desafortunada puede ser una oportunidad pedagógica. Pablo Motos, en aquella ocasión, dejó pasar esa oportunidad. Y en los tiempos que corren, el silencio pesa tanto como las palabras.
La autoridad moral se ejerce en segundos
En televisión, todo ocurre en cuestión de segundos. Pero esos segundos son decisivos. Intervenir o no intervenir define el liderazgo de quien está al frente. La diferencia entre ambos casos no es ideológica ni partidista. Es profesional. Una presentadora recordó que el lenguaje importa y que el dolor ajeno, incluso cuando no es intencionado, merece consideración. El otro dejó que el espectáculo siguiera su curso. Y ahí radica la cuestión de fondo: cuando el respeto entra en conflicto con la comodidad del directo, el buen presentador elige el respeto. Porque conducir un programa no es solo llenar minutos de audiencia. Es asumir que cada palabra emitida tiene consecuencias.








