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Convertir un programa electoral en discurso de odio

José Francisco Cano de la Vega
Coordinador de Movimiento Sumar 

Los carteles presentados por Vox al inicio de la campaña electoral en El Ejido no son simples mensajes de propaganda política: constituyen una apelación directa a la discriminación y un evidente discurso de odio. Cada cartel plantea preguntas aparentemente legítimas y con clara carga social: “¿Te da miedo volver sola a casa de noche?”, “¿No tienes plaza en la guardería pública?”, “¿Cita sanitaria en seis meses?”, “¿Ya no reconoces tu barrio?”. Pero todas concluyen con la misma respuesta: “La inmigración masiva tiene consecuencias”.

El mensaje implícito es inequívoco: los inmigrantes son responsables de la inseguridad, del deterioro de los servicios públicos, de la precariedad laboral o de la degradación de los barrios. Se construye así un relato basado en el señalamiento colectivo, en el miedo y en la búsqueda de un chivo expiatorio sobre el que descargar problemas complejos que tienen causas económicas, políticas y sociales mucho más profundas. 

La historia europea ya conoce demasiado bien las consecuencias de este tipo de estrategias. En los años treinta, el odio también se disfrazó de mensajes simples, emocionales y aparentemente dirigidos a “proteger” a la “población nacional”. Cambian los colectivos señalados, pero el mecanismo es el mismo: convertir a un colectivo social en el culpable de todos los problemas de nuestra sociedad. 

Lo más preocupante quizá no sea únicamente la campaña de Vox, sino el escaso rechazo político, social y mediático que ha generado. Parece que una parte de la sociedad empieza a asumir estos mensajes como una propuesta electoral más, normalizando discursos que hace apenas unos años habrían provocado una respuesta democrática mucho más contundente. Hasta el momento, solo el Ministerio de Igualdad ha trasladado una denuncia a la Fiscalía para estudiar si estos mensajes pudieran vulnerar la legislación vigente. 

Del discurso al delito de odio

Y no se trata de un debate menor. El discurso de odio no consiste únicamente en insultos o amenazas explícitas. También incluye mensajes que promueven prejuicios, estigmatizan colectivos o los presentan como peligrosos y responsables de problemas sociales por razón de su origen, religión o condición. Su finalidad es generar miedo, rechazo y hostilidad. 

La libertad de expresión ampara el debate político y la crítica ideológica, pero no protege la incitación a la discriminación, ni los ataques a la dignidad de las personas. Por eso, tanto las instituciones democráticas como los organismos internacionales consideran el discurso de odio una amenaza para la convivencia y la cohesión social, además de la antesala de muchos delitos de odio. 

El Código Penal español castiga a quienes fomenten o inciten públicamente al odio, la discriminación o la violencia contra colectivos por motivos racistas, xenófobos o discriminatorios. Por ello, corresponde a la Fiscalía y a los tribunales determinar si los mensajes difundidos por Vox pueden encajar en ese marco penal. Pero, más allá de la valoración jurídica, existe una responsabilidad política y democrática evidente. 

Los discursos xenófobos y racistas no deberían encontrar acomodo en una sociedad democrática avanzada. Minimizar o tolerar estos mensajes supone normalizar la discriminación, alimentar la polarización y debilitar los principios básicos de convivencia. Cuando se señala constantemente a colectivos vulnerables como responsables de los problemas sociales, el odio deja de ser únicamente un mensaje y empieza a convertirse en un clima social que abre la puerta al acoso, la exclusión e incluso la violencia. 

Por eso resulta imprescindible que la respuesta democrática sea firme y colectiva, porque este no debería ser un problema de izquierdas o derechas.  No basta con condenar las agresiones cuando ya se producen; hay que combatir también los discursos que las alimentan. Defender la convivencia no es censurar opiniones, sino proteger la dignidad humana y los valores constitucionales frente a quienes pretenden enfrentar a la sociedad utilizando el miedo y la desinformación como herramienta política.

Las portadas de los tres periódicos de Almería

Aarón Rodríguez
@opinionalmeria

Cada mañana se pueden adquirir tres periódicos de papel que tratan sobre los temas de Almería y su provincia. El decano es  La Voz de Almería , que es también el que tiene mayor difusión. El segundo por el número de lectores es  Ideal,  el periódico con sede en Granada, que tiene una edición especial para Almería. El tercero en difusión es el más joven -que recuperó el nombre de una cabecera histórica-, Diario de Almería, que pertenece al Grupo Joly, propietario de cabeceras en casi todas las provincias andaluzas:




Las portadas de las cinco revistas semanales

Aarón Rodríguez
@opinionalmeria

Ya están en los puntos de venta las revistas semanales. Cuatro de ellas (Lecturas, ¡Hola!, Diez Minutos y Semana) salen los miércoles, mientras la revista Pronto se adelanta sobre sus compañeras y se pone a la venta los lunes. Estas son las portadas de esta semana:






La disputa de Alba Carrillo con TVE

Tania Artajo
@opinionalmeria

La colaboradora de televisión Alba Carrillo ha vuelto a poner a TVE en el punto de mira. En su espacio de Ten ha criticado con dureza la participación en MasterChef Celebrity Legends de personajes como Paz Vega, que arrastra deudas conocidas con Hacienda, o Ofelia Hentschel, quien desde Dubái ha defendido públicamente posturas contrarias al pago de impuestos en España. “Los impuestos no son para que quien quiera haga programas de televisión con sus amigos”, ha sentenciado. Poco después, ha asegurado haber recibido una “llamada al orden” por parte de la cadena y, en un vídeo que se hizo viral, anunció que no acudiría al programa D Corazón. “A mí no me amordazan por cuatro perras”, remató.

Alba Carrillo, en una captura de su programa en Ten

No es la primera vez que ocurre. Hace unos meses, tras su participación en Hasta el fin del mundo junto a Cristina Cifuentes, ya se mostró públicamente crítica con la edición del programa que ella misma protagonizaba, alegando que Producción no había recogido los momentos adecuados. Aquel episodio pasó sin mayor repercusión. Este, sin embargo, ha encendido todas las alarmas.

Es necesario separar dos planos bien distintos. En el fondo, Alba tiene razón. Como autónoma que cumple rigurosamente con sus obligaciones tributarias, tiene todo el derecho -y hasta el deber cívico- de cuestionar adónde va el dinero de todos los contribuyentes. Resulta difícil de explicar al ciudadano de a pie, que paga puntualmente su IRPF y su IVA, que sus impuestos sirvan para poner en prime time a quien debe a Hacienda o a quien ha sugerido que tributar en España no merece la pena. En este punto, el respaldo mayoritario que está recibiendo en redes sociales es comprensible y razonable. Exigir coherencia en el uso del dinero público no es demagogia: es elemental sentido de justicia.

Pero la forma elegida es discutible. Alba es colaboradora habitual de TVE. Cobra de la cadena pública. Y, en lugar de canalizar su queja a través de los mecanismos internos que toda relación contractual permite -una reunión con producción, un correo formal, una conversación discreta con los responsables-, ha optado por la vía más pública y estruendosa: el plató ajeno y las redes sociales. El resultado era previsible: tensión, amonestación y, finalmente, la ruptura visible.

Nadie discute su derecho a la libertad de expresión. Pero ese derecho no es absoluto cuando se ejerce desde dentro de una casa que te paga. Crear polémicas continuas con quien te contrata genera inestabilidad, erosiona la confianza mutua y, a la larga, acaba cerrando puertas que luego resulta doloroso volver a abrir. Existen formas más discretas y, probablemente, más efectivas de defender las mismas ideas sin quemar puentes.

La lealtad institucional no significa convertirse en un mero altavoz complaciente. Significa entender que la discrepancia puede -y debe- convivir con la profesionalidad. Criticar con dureza es legítimo; hacerlo de manera que parezca que se muerde la mano que te da de comer genera un espectáculo que, más que iluminar el problema fiscal, lo convierte en ruido mediático.

Al final, este episodio trasciende a Alba Carrillo y a TVE. Es un reflejo de cómo gestionamos hoy las diferencias: o todo se ventila en público y a volumen máximo, o parece que no cuenta. Quizá valga la pena recordar que la defensa más sólida de los principios -en este caso, el respeto al dinero de los contribuyentes- no siempre pasa por el enfrentamiento frontal, sino por argumentos consistentes transmitidos con inteligencia y cintura.

Alba tiene derecho a no callarse. TVE tiene derecho a esperar de sus colaboradores un mínimo de lealtad contractual. Entre ambos extremos debería haber espacio para una crítica valiente, pero también elegante y constructiva.

Amaia Montero: entre la empatía y la crítica

Nuria Torrente
@opinionalmeria

Amaia Montero representa algo más que una voz. Para toda una generación, fue la banda sonora de una época irrepetible. Por eso, cuando volvió a subirse a un escenario con La Oreja de Van Gogh, miles de personas sintieron que recuperaban una parte de su adolescencia. Y también por eso cualquier análisis sobre su regreso despierta emociones tan intensas.

Son muchos los medios a los que les ha sorprendido la actuación de Amaia Montero / Telecinco

Mi artículo “El decepcionante regreso de Amaia Montero”, publicado en La Opinión de Almería, provocó una enorme repercusión. Miles de lectores compartieron el texto y muchos coincidieron en el diagnóstico musical. Otros, sin embargo, me reprocharon falta de empatía hacia una artista que ha atravesado momentos personales muy difíciles. Y entiendo perfectamente esa reacción.

Conviene dejar algo claro desde el principio: mi solidaridad con Amaia Montero es absoluta. Haber superado una etapa tan delicada, volver a enfrentarse al público y regresar a los escenarios merece respeto, admiración y apoyo. Cualquiera que haya seguido mínimamente su trayectoria sabe que detrás de este retorno hay una historia de sufrimiento, fragilidad y reconstrucción personal. Y esto último, humanamente, solo puede celebrarse.

También es una magnífica noticia para la música española que Amaia vuelva a cantar. La Oreja de Van Gogh forma parte de la historia sentimental del pop en nuestro país y reencontrarse con su voz original tiene una evidente carga emocional. Nadie debería disfrutar viendo sufrir a una artista que intenta recuperar su lugar después de años complicados.

Pero precisamente porque empatizar no significa renunciar al criterio, tampoco podemos caer en la idea de que toda crítica artística es una crueldad. Una cosa es el plano humano y otra el profesional. Y confundir ambas dimensiones termina convirtiendo cualquier debate cultural en un terreno imposible.

El problema no es Amaia Montero como persona. El problema es si el espectáculo ofrecido estuvo realmente a la altura de lo que merece el público y del legado de una banda histórica. Y esa duda no la he planteado solo yo. Críticos musicales y expertos vocales han expresado opiniones muy similares en distintos medios.

El experto musical Israel del Amo fue especialmente contundente al afirmar que no entendía “cómo se sube al escenario sin sentir vergüenza profesional”, señalando problemas de afinación, falta de estabilidad vocal y una evidente falta de adaptación del repertorio a la voz actual de la cantante. Otros análisis han incidido en la misma idea: la nostalgia puede emocionar, pero no corrige las carencias técnicas ni sustituye la preparación necesaria para afrontar una gira de esta magnitud.

Incluso algunos seguidores de la banda -muchos de ellos profundamente felices por el regreso- reconocieron en redes sociales que había canciones claramente fuera de registro o interpretaciones muy lejos del nivel esperado. Y admitir eso no convierte a nadie en un “hater”. A veces, simplemente significa escuchar con honestidad.

Vivimos además en un tiempo extraño en el que la empatía parece haberse transformado en una especie de blindaje moral. Si alguien ha sufrido -y Amaia ha sufrido- parece que automáticamente cualquier valoración crítica queda prohibida. Pero la compasión no puede implicar la suspensión total del juicio artístico. Porque entonces dejamos de analizar conciertos, discos o actuaciones para entrar únicamente en el terreno emocional.

Y eso tampoco es justo para el público. Miles de personas han pagado entradas muy caras para asistir a una gira histórica. Tienen derecho a emocionarse, sí, pero también a exigir un nivel acorde a lo que representa La Oreja de Van Gogh. La música en directo no puede sostenerse únicamente sobre la nostalgia colectiva ni sobre la simpatía que genere una artista.

De hecho, quizá la verdadera falta de empatía sería precisamente no decir nada. Fingir que todo estuvo perfecto por miedo a herir sensibilidades. Rebajar el nivel de exigencia hasta convertir cualquier actuación en intocable porque detrás existe una historia personal dolorosa.

Amaia Montero merece respeto. Muchísimo. Merece apoyo en lo humano y reconocimiento por haber logrado volver a ponerse en pie. Pero también merece algo fundamental: honestidad. Porque tratar a un artista como alguien incapaz de soportar una crítica profesional no es protegerlo; es infantilizarlo.

Ojalá encuentre de nuevo su mejor versión. Ojalá la gira crezca y las dudas iniciales desaparezcan. Sería una gran noticia para todos los que crecimos escuchando sus canciones. Pero mientras tanto, la empatía no debería convertirse en censura emocional ni en una obligación de aplaudirlo todo.

Se puede admirar a Amaia Montero y, al mismo tiempo, considerar que su regreso ha estado, por ahora, lejos de lo esperado. Ambas cosas no solo son compatibles: probablemente son la única manera adulta y honesta de mirar este debate.