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Infraviviendas de migrantes: una vergüenza estructural para nuestra provincia

José Francisco Cano de la Vega
Coordinador de Movimiento Sumar en Almería 

Hace muy pocos días nos despertamos con un nuevo incendio en el asentamiento de infraviviendas de Los Grillos, en Níjar. Otro más. Hablar de chabolismo en la provincia de Almería no es hablar de una anomalía puntual ni de una situación coyuntural, es hablar de un problema estructural, cronificado durante décadas, íntimamente ligado al modelo de agricultura intensiva que sostiene buena parte de nuestra economía provincial. 

Un modelo que genera riqueza, exportaciones y beneficios, pero que ha sido incapaz —o ha renunciado— a garantizar condiciones de vida dignas para miles de las personas migrantes que lo hacen posible con su trabajo diario.

Cuando hablamos de chabolismo solemos pensar en asentamientos visibles, pero esa es solo la parte más conocida del problema. Existe otra realidad mucho más extensa y silenciada: la infravivienda rural dispersa, formada por cortijos abandonados, casetas de aperos, almacenes agrícolas o construcciones fuera de normativa, ocultas entre los invernaderos y alejadas de los núcleos urbanos.

Según el informe La infravivienda invisibilizada. Aproximación al chabolismo disperso en los diseminados del campo de Níjar, elaborado por el Servicio Jesuita a Migrantes (SJM)-Almería, en el campo nijareño -uno de los municipios más afectados- existen en torno a 470 infraviviendas rurales dispersas, en las que viven entre 1.250 y 1.400 personas, de las cuales al menos 275 son menores de 14 años, cifra que podría superar las 480 personas menores de edad si se amplía el rango hasta los 18 años.

Estos datos desmienten cualquier intento de minimizar el problema. No estamos ante situaciones excepcionales, sino ante una forma estructural de exclusión residencial. En el municipio de Níjar, cerca del 20% de la población reside en diseminados, un porcentaje muy superior al de otros municipios agrícolas de la provincia y que revela hasta qué punto la segregación residencial se ha normalizado.

Las condiciones de vida en estas infraviviendas vulneran de forma sistemática los derechos humanos más básicos: ausencia de agua potable, cortes continuos de electricidad o falta total de suministro, hacinamiento, humedades, mala ventilación, aislamiento geográfico extremo y riesgos constantes de incendio o inundación. A la inmensa mayoría de estas personas el gobierno de PP y VOX les niega el empadronamiento municipal (a pesar de lo establecido por la Ley), lo que les impide acceder con normalidad a la sanidad, la educación, los servicios sociales o la regularización administrativa. Viven y trabajan aquí, pero permanecen obligatoriamente y contra su voluntad fuera del sistema.

Pero esta realidad no es fruto del azar. Es consecuencia de décadas de inacción política, de un mercado del alquiler profundamente discriminatorio y, sobre todo, de un modelo productivo que ha externalizado los costes sociales de la agricultura intensiva. El sector agroalimentario de Almería necesita mano de obra barata, disponible y flexible, pero no asume la responsabilidad de garantizar condiciones de vida dignas para quienes sostienen sus empresas.

El chabolismo no es solo un problema social: es una fractura democrática. Normalizar que miles de personas vivan “bajo el plástico” supone aceptar una desigualdad estructural incompatible con cualquier idea seria de justicia social y de desarrollo sostenible. 

Propuestas para una solución corresponsable 

Erradicar el chabolismo en Almería es posible, pero exige una corresponsabilidad real de todos los implicados: 

          Las empresas agroalimentarias deben asumir compromisos obligatorios en la creación y financiación de alojamientos dignos vinculados al empleo agrícola. Los beneficios no pueden seguir siendo privados mientras los costes sociales recaen sólo en lo público. 

          Los ayuntamientos deben impulsar planes locales integrales que combinen realojos, rehabilitación, regularización urbanística y empadronamiento, evitando procesos de desalojo sin alternativa habitacional. Además, mientras estas alternativas no sean una realidad, deben garantizar el acceso a los servicios básicos (limpieza, electricidad, agua…) a esta parte de su población y -por supuesto- deben facilitar su empadronamiento. 

          La Diputación Provincial de Almería debe asumir su liderazgo en la coordinación supramunicipal, aportando recursos técnicos y económicos a los municipios con menor capacidad. 

          Por fin, la Junta de Andalucía debe aportar una dotación presupuestaria suficiente y ampliación real del Plan para la Erradicación de Asentamientos Irregulares, incorporando de forma clara la infravivienda rural dispersa. 

En todo este proceso, deben ocupar un papel central las entidades sociales con una larga trayectoria en la atención a los migrantes y un profundo conocimiento del territorio, como CEPAIM, Almería Acoge y el Servicio Jesuita de Migración, fundamentales para la gestión de alternativas habitacionales dignas y el acompañamiento social. 

Erradicar el chabolismo no es una concesión ni una utopía: es una obligación ética, social y política. La dignidad no puede depender del origen ni del tipo de contrato. Garantizar vivienda digna para quienes hacen posible el campo almeriense es una cuestión de justicia social y de futuro para nuestra provincia.

Mujeres que me inspiran

Ignacio Ortega
@opinionalmeria

Basta una breve mirada atrás para entenderlo todo: el siglo XX dejó en Almería una estela de mujeres que escribieron contra el silencio. Desde la intemperie luminosa de Carmen de Burgos e Isabel Millé Giménez -erudita, investigadora y una de las primeras grandes helenistas y bibliotecarias de España- hasta la memoria herida del exilio en María Enciso. Pero no es ahí donde hoy late con fuerza la literatura, sino en el presente que aquellas hicieron posible.

Almería es hoy el escritorio de un grupo de mujeres que, con una mano, recogen la tinta que otras dejaron latiendo en los márgenes del siglo XX y, con la otra, escriben sin titubeos el pulso de su tiempo. No parten de la nada: avanzan sobre la huella firme de quienes sostuvieron la palabra cuando aún era intemperie. Mantuvieron espacios como el Ateneo y los primeros suplementos literarios, dieron visibilidad a otras voces y normalizaron la presencia femenina en la literatura local. Entre esas figuras puente destaco a Pilar Quirosa-Cheyrouze, cuyo compromiso poético y narrativo abrió caminos para nuevas generaciones desde el Aula de Literatura de Roquetas de Mar; a Concha Castro, que acompañó la transformación de la ciudad con mirada aguda; a Isabel Andrés, que sostuvo la escritura desde ámbitos educativos y culturales; y a Ana Santos Payán, que desde la edición convirtió a Almería en un foco poético relevante.

Porque es en el siglo XXI donde la escritura almeriense se ha vuelto definitivamente consciente de sí misma. Aquí, la palabra ya no pide permiso: corta, nombra, incomoda. Si la literatura almeriense actual es cruda y de frontera, como muestran los poemarios de Noelia Cortés o Begoña Callejón, la granadina parece hereditaria y académica -aunque no es una verdad objetiva-, anclada en la tradición que conservan voces como Ángeles Mora, cordobesa afincada en Granada. En ese contraste, los almerienses parecen haber encontrado una voz más brava, menos domesticada, más pegada a la intemperie que al canon.

Málaga escribe, sí, pero lo hace mirándose en el escaparate del mundo, con una vocación de centro que a veces convierte la literatura en superficie pulida. Almería, en cambio, escribe desde la periferia, y en esa distancia hay una verdad sin adorno: una autenticidad que aquí se sostiene sobre la arena, mientras allí, en ocasiones, se diluye en lo decorativo.

Y si miramos hacia dentro, hacia mi tierra, Jaén comparte con Almería ese temblor de provincia olvidada. Pero incluso ahí las palabras toman caminos distintos: Jaén escribe desde el peso del olivar y la densidad de su sombra que la sostienen hombros con nombre de mujer desde la hondura intelectual de Fanny Rubio y el lirismo exacto de Elena Felíu, hasta la maestría narrativa de Felisa Moreno; desde la agitación poética de Carmen Camacho, la potencia vital de Yolanda Ortiz a la mirada valiente de Begoña Rueda.

Almería escribe desde la exposición total de su paisaje y su luz; Jaén lo hace desde la solidez de su tradición y su relieve interior. Si Jaén es densidad, Almería es claridad.

En esa claridad se levantan las voces de hoy.  Desde la conciencia afilada de Noelia Cortés hasta la mirada mestiza de María Ángeles Lonardi; desde los mundos inquietantes de Ana Tapia hasta la observación lúcida de Sarah Thomas sobre esta tierra; desde la energía expresiva de Begoña Callejón hasta las nuevas narrativas de Anabel García; desde la profundidad reflexiva de Virginia Fernández Collado hasta otras voces que siguen ampliando los márgenes. Y, en un lugar que me duele, la voz de Gloria Langle, honda y delicada, parece hoy replegada, como si el desaliento hubiese logrado apartarla, por momentos, de la poesía.

Si Pilar Quirosa fue la “conectora” física en los 80 y 90, hoy un archipiélago digital de escritoras se despliega sin centro fijo. Escriben desde pantallas, se encuentran en recitales, redes sociales y publicaciones independientes, y reformulan la identidad almeriense. Más que un contrato emocional, construyen nuevas formas de pertenencia, habitando la intemperie digital y levantando espacios de proyección, como la Cátedra José Ángel Valente de Gómez Caro en la UAL.

Unas y otras me parecen herederas de una luz que no ciega, sino que ayuda a ver las grietas, recordándonos que en esta tierra de polvo y resistencia, la escritura sigue siendo un territorio propio, un lugar desde el que Almería ya no se explica, sino que se proyecta.

Todas ellas escriben desde un territorio que no es cómodo, pero sí verdadero. Porque Almería no ofrece refugio: ofrece claridad. Y en esa claridad -a veces excesiva, a veces cegadora- es donde estas mujeres han aprendido a mirar sin filtro y a nombrar sin miedo.

Son, por eso, más que una generación, una forma de estar en la literatura: sin herencias que pesen demasiado, sin centros que condicionen, sin sombra donde esconderse. Solo la fuerza de su literatura. Estas son las mujeres que me inspiran.

Las portadas de los tres periódicos de Almería

Aarón Rodríguez
@opinionalmeria

Cada mañana se pueden adquirir tres periódicos de papel que tratan sobre los temas de Almería y su provincia. El decano es La Voz de Almería , que es también el que tiene mayor difusión. El segundo por el número de lectores es Ideal,  el periódico con sede en Granada, que tiene una edición especial para Almería. El tercero en difusión es el más joven -que recuperó el nombre de una cabecera histórica-, Diario de Almería, que pertenece al Grupo Joly, propietario de cabeceras en casi todas las provincias andaluzas:




El gran momento literario de Juan Manuel Gil

Antonio Torres
Periodista

El Observatorio Fundación Unicaja de las Letras en Andalucía, herramienta de consulta obligada, recoge aspectos literarios de Almería. El estudio destaca el boom de la novela. Analiza tendencias y creatividad global de Andalucía. Es oportuno traer dicho trabajo de Unicaja ante la Feria del Libro de Almería. 

Antonio Torres y Juan Manuel Gil / Aldea

La publicación está coordinada y dirigida por el catedrático Enrique Baena. Sigue la senda de promover espacios de reflexión en torno a áreas y tejidos productivos de especial relevancia. Hemos analizado y recogido los datos que hacen referencia a la provincia de Almería. Se observa cierto centralismo. La novela en Andalucía es analizada por dos grandes como Antonio Soler y Cristian Troisi. Se tienen en cuenta los antecedentes con las referencias almerienses de Carmen de Burgos y Francisco Villaespesa. 

Dentro del epígrafe de “Los novelistas andaluces destacados hoy” citan a Juan Manuel Gil (Almería, 1979), “que con La flor del rayo obtuvo el premio Biblioteca Breve en 2021y está consolidando una más que interesante trayectoria como novelista”. Está claro que Gil, enorme narrador, vive un momento especial de éxito. Lleva tres meses y medio ofreciendo entrevistas y presentaciones. En la historia literaria de Almería no hemos tenido a un escritor con una crítica tan acogedora de los suplementos literarios y páginas de cultura de ámbito nacional. 

La crónica de las letras en Almería tiene el sello de la presencia de Juan Goytisolo y José Ángel Valente y en la historia de los libros está el nombre de Villaespesa, uno de los máximos impulsores del modernismo al que el nicaragüense Rubén Darío situó junto a Juan Ramón Jiménez o los hermanos Machado como los grandes poetas. Por supuesto que las letras almerienses son reconocidas desde los últimos lustros por los enormes talentos, silenciados por el franquismo como Carmen de Burgos, que huyó de la capital, y Agustín Gómez Arcos, que salió de su Enix natal para ser una figura europea desde Francia. 

La naturalidad y autenticidad del narrador que recoge voces de El Alquián, Juan Manuel Gil, es tal que le sigue sorprendiendo que su novela Majareta siga en los puestos de ventas de las diferentes listas de los grandes medios escritos y audiovisuales. Utiliza más de cuarenta personajes y quiere que el lector actúe y que critique. Gil es un escritor muy querido por sus lectores y por la mayoría de periodistas de cultura. Su éxito ya lo aventuró Evaristo Martínez, de La Voz, cuando lo comentamos en librería Picasso con una cola inaudita de lectores para la firma de libros. Seguidores que van más allá de la literatura, enamorados de su forma de ser directa y sin aíres de grandeza, naturalidad y humor para romper muros.

Su voz ya está amplificada por todos los medios de ámbito nacional. Precisamente, en una amplia y detallada entrevista de dos páginas para este medio, Gil confesó a Evaristo: “No soy capaz de concebir mi literatura sin mi ciudad”. “La maquinaria de la rumorología en tu trabajo o en tu barrio es idéntica a la que existe a gran escala”. En Almería son miles los que aplaudimos a una persona que pone sentido común. 

El pasado jueves dejó su sello en la cafetería Leo, de Antas, invitado por la asociación cultural Argaria, tras pasear su última obra por toda España: “Hoy hablamos todo el rato, pero lo revolucionario es escuchar a los otros”, le dijo a Braulio Ortiz, Premio Andalucía Joven de Narrativa. A los pocos días de la presentación, le escuché una entrevista con Pepa Fernández en RNE o la que le formuló Daniel Monserrat de El Periódico de Aragón “en el cotilleo y el rumor está la semilla de la literatura”. 

Otra estrella al alza, recogido en la acertada publicación de Unicaja, es el cartagenero, afincado en Almería desde la infancia, Raúl Quinto (1978). Su primera novela, Martinete de rey sombra, narra un hecho histórico, la persecución de los gitanos bajo el reinado de Fernando VI. La novela obtuvo el premio Nacional de la Crítica y dejó unas enormes expectativas sobre el autor. En su último trabajo, Un idioma siempre al borde de la extinción. recopila su producción poética en el periodo 2022-2026. 

No podía faltar la cita para el alumno de Celia Viñas, Agustin Gómez Arcos (Enix, 1939-1998), escritor y dramaturgo que, debido a la censura franquista, se exilió en Francia, donde escribió la mayor parte de su obra en francés. Entre sus trabajos más conocidos están El cordero carnívoroAna no El niño pan. A pesar del reconocimiento y honores en Francia, su figura fue prácticamente ignorada en España. Antonio Fernández Ortega (Almería, 1948-2000), poeta y escritor, conocido por su obra poética y narrativa. Fue una figura destacada en la literatura durante la segunda mitad del siglo XX. Marta Navarro Ros (Vera, 2000), escritora y guionista. Su primera novela, Desde dentro, fue finalista del Premio Planeta 2020. En 2023, ganó el Premio Complutense de Literatura con Cuatro hermanos. Compagina la escritura de novelas con el desarrollo de guiones para series y películas. Es un, sin duda, figura emergente en la literatura y el guion español. Mar de los Ríos Porras, arquitecta técnica y escritor. Ha publicado obras de éxito como Tren de Lejanías (2012), Casa de Ánimas (2015), entre otras. Alberto Cerezuela (Almería, 1982), escritor y precursor en España en el ámbito de la autoedición y fundador de Círculo Rojo, uno de los pioneros en trabajos y publicaciones en temas de misterio, muy reclamado para obras audiovisuales. Su primera novela, El refugio de los invisibles, muestra numerosos rincones de Almería.

Por supuesto que en el informe aparecen otros nombres vinculados con nuestra tierra, entre otros, como los grandes Aurora Luque Ortiz (Almería, 1962), Premio Nacional de Poesía, Pilar Quirosa-Cheyrouze y Muñoz (Tetuán,1956-Almería,2019), poeta y escritora. Diversos medios se valieron de su colaboración como Canal Sur Radio y Televisión. Pilar fue presidenta del Ateneo de Almería. José Andújar Almansa (El Aaiún, 1963 - Almería, 2023) que fue profesor y crítico literario, además de poeta.

El centralismo en general se manifiesta históricamente como una marginación cultural derivada de la periferia geográfica, donde la producción local a menudo queda eclipsada por los centros de poder andaluces (Sevilla-Málaga) o nacionales con los grandes grupos editoriales centrados en Madrid y Barcelona, generando una reivindicación de la identidad almeriense. Pese a los agoreros, según el último informe oficial, la lectura sigue al alza especialmente entre las mujeres y los jóvenes. En España leen el 72,3% de las mujeres y el 59,8% de los hombres, un 66,2% de media. 

Francisco Soler Visiedo publica "Laudatio a Turre"

Manuel León
Periodista

Durante años, cada quince o veinte días, llegaba a la redacción de este periódico longevo un sobre matasellado en Molina de Segura que escondía en su interior un folio primorosamente doblado con frases manuscritas o construidas con la tinta de una Olivetti. Eran pequeños artículos costumbristas que enviaba con obstinación prusiana un tal Francisco Soler Visiedo, un viejo maestro de la diáspora turrera que debía encontrar dicha en ver sus humildes relatos publicados en letra de molde.

El autor de 'Laudatio a Turre', Francisco Soler Visiedo, con su editor, Juan Grima / Arráez

A pesar de que ya la informática fue arrinconando a las fragorosas máquinas de escribir, este hacedor de pequeños anales y ripios rurales, seguía enviando desde la huerta murciana sus escritos sin apropiarse de las ventajas del correo electrónico por ordenador. Había que teclear, por tanto, sus textos, en una labor hercúlea. Pero eran tan tiernas las palabras del escribidor, destilaban tanta nostalgia por su pueblo querido, segregaban tanta dulzura esas pequeñas historias de carnavales campesinos, de actores aficionados en teatrillos improvisados, de futbolistas primitivos con zamarra y pañuelo en la cabeza como Quincoces, de palabras olvidadas por la Academia, de costumbres atávicas como el juego del boliche, de los árboles donde estaban las mejores brevas o los mejores chumbos del pueblo, de la partida de los segadores a ‘las Andalucías’ o de la descripción de los viejos molinos maliqueros, que uno intuía que de algo serviría la digitalización de sus humildes añoranzas. Ese tal Paco, maestro de escuela, que con tanta paciencia escribía, convertía en protagonista a medio pueblo como actores de su propia historia, con un amoroso sentimiento de pertenencia, citando de memoria nombres, apellidos, motes y clanes, como si Turre fuese una pequeña Escocia.

Ahora, como por ensalmo, todo ese territorio de saberes casi silenciados por el ruido de un cuestionado progreso, toda esa resma de artículos variopintos creados, con tinta de BIC o de Olivetti, por este zahorí de recuerdos que es Paco Soler, ha sido ungido a la categoría de libro, como Sotomayor elevó al rango de Caballeros del Campo a los labradores; ahora Paco tiene toda esa labor creativa unificada en un volumen titulado ‘Laudatio a Turre, crónicas periodísticas’ publicado primorosamente por el editor Juan Grima en Arraez, con la colaboración del Ayuntamiento, prologado por el propio Grima y con una breve biografía no autorizada del autor, trazada por José González Núñez ‘Pepe del Piedad’.

La propia dedicatoria del libro ‘A las gentes sencillas de Turre’, es ya la clave de bóveda de lo que el lector se va a encontrar en las páginas siguientes: la intrahistoria, que es la verdadera historia, de un pueblo pequeño, desde los años 20 a los años 80, a través del barniz de la memoria de un profesor que, como tantos turreros, se tuvo que marchar de sus calles, de sus plazas, de sus tertulias. Hay un hecho que se repite con contumacia en una tierra de emigrantes forzosos como la almeriense: quien sale de su tierra y hace su vida adulta en otros meridianos, conserva el paisaje de su niñez y de su adolescencia inalterable en su memoria, como si todos sus recuerdos se mantuvieran idealizados e intactos dentro una pompa de jabón; quien nunca sale de su pueblo, nunca es capaz de conservar tal destreza para el recuerdo impecable porque el día a día los va difuminando y confundiendo unos con otros. Ese es el valor de Paco Soler y de este libro: el de contar las cosas pequeñas como sucedieron, con nombres y apellidos, con anécdotas deliciosas, con el vocabulario intrínseco, con la palabra exacta para cada cosa, tal como se decía entonces. Paco, el autor, el escribidor de artículos en este periódico decano y también en otros, es el ejemplo perfecto de cómo un hombre consagra casi toda su vida a su pueblo, a pesar de estar a cientos de kilómetros de distancia. Paco nació en 1935, hijo de sastre, y vivió la turbia Postguerra volando cucos, en una familia conocida como los sacristanes. Marchó a Madrid a estudiar bachiller en un Seminario, pero la vocación no le alcanzó para hacerse cura. Lo suyo era enseñar, haciendo preguntas como Sócrates y por eso estudió Magisterio y se casó con una salmantina y recorrió Guadalajara, Málaga y Murcia, entre pupitres y mapamundis, manchándose las manos de tiza para atizar el entendimiento.

 Y fue cuando se jubiló, en 1995, cuando comprendió que lo que mejor que podía hacer por su pueblo era contar lo que se estaba perdiendo -lo que se ha perdido- con el transitar de los años. Y así, por sus escritos reunidos en este libro, sabemos que Turre fue pueblo de sastres y oficialas; que tiene especies únicas de árboles; que se cantaban saetas inmortales y se hacía correr a San Juan; que había carreros que se desplazaban a por vino de Jumilla, y marchantes que compraban y vendían lechones; y que había plantaciones de melones amarillos casi únicos, y que se cultivaba palma y tomillo para la exportación, y que había partidos de balompié entre Turre y Los Gallardos o Garrucha que acababan en batalla campal. Todo eso lo sabemos ahora gracias a este alquimista de la evocación que se llama Paco, que tiene 91 años y que vive en Murcia con el corazón en Turre.