Impresiona
la cantidad de cosas que uno puede extraviar a lo largo de la vida; son ya
tantas que media existencia se me ha ido en buscarlas. El lunes, por ejemplo,
al recoger la ropa descubrí que me faltaba un calcetín... otra vez. A veces
pienso que mi vida se parece más a una oficina de objetos perdidos que a una
biografía. Quizá la de los calcetines sea la menos grave.
Todo
empezó a los ocho años, cuando se esfumó mi inocencia al descubrir a mi madre
colocando los regalos de Reyes a pie de cama. Aquella mañana se rompió el
misterio. Sin saberlo, acababa de inaugurar mi colección de pérdidas.
Primero
las certezas, luego las cosas de los bolsillos: las llaves que nunca recuerdo
dónde dejé, las gafas olvidadas en una bandeja del aeropuerto de Barajas y el
móvil que, tras una maniobra ridícula en el váter de un bar de carretera, salió
disparado al fondo. Con los años la oficina se hizo más grande. Ahora, por
ejemplo, pierdo fuelle en el segundo tramo de escalera que antes subía de dos
en dos. Y hasta pierdo el motivo por el que he entrado en una habitación. La
memoria, que antes trabajaba en silencio, se ha vuelto una empleada caprichosa
que solo ficha cuando quiere.
Nada
pesa, sin embargo, tanto como las ausencias. La oficina pesa de verdad cuando
lo que se pierde no está en ningún estante. He visto sillas vacías en las mesas
familiares: la de mi hermano, que ya no está, y la de Medina, un viejo amigo
con quien compartí estudios, profesión y muchas horas de vida, pero nos fuimos
alejando sin saber muy bien por qué.
No
he borrado todavía el número de Medina, aunque no lo marque, y en Nochebuena
dejo la silla de mi hermano sin arrimar del todo. Lo que no he perdido es la
costumbre de guardarles sitio, ni la absurda esperanza de que un día vuelvan a
ocuparlo.
Cuando ya no hay manera de recuperar lo importante, pienso que los grandes enigmas no están en las pirámides ni en los agujeros negros del espacio, sino en ese tambor de la lavadora donde un calcetín desaparece sin dejar acta. El del lunes todavía no ha vuelto. No porque me haga falta, sino para saber que todavía hay algo que puede volver.












