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Lo invisible

Fátima Herrera
Portavoz del PSOE en el Ayuntamiento de Almería

El trágico accidente de trenes de Adamuz ha dejado tras de sí un rastro de dolor que recorre la columna vertebral de todo el país. Sin embargo, entre los escombros y la angustia, ha emergido esa otra realidad que, a menudo, damos por sentada, pero que constituye la verdadera medida de una nación: la capacidad de respuesta de quienes nos protegen y la humanidad desbordante de quienes nos rodean. 

Ver a los equipos de emergencias trabajar sin descanso -bomberos, sanitarios, Guardia Civil y Protección Civil-, arriesgando su propia integridad para salvar vidas ajenas, nos recuerda por qué es vital defender y mantener un Estado fuerte. Porque un Estado robusto se materializa precisamente aquí, en la calidad de sus servicios públicos, en la formación de sus profesionales y en la disponibilidad de medios para afrontar lo impensable. 

Tras el gravísimo el accidente, ha actuado un sistema engrasado para responder cuando todo lo demás falla. Invertir en seguridad, en sanidad y en infraestructuras de rescate es invertir en la certeza de que, ante el abismo, habrá una mano profesional extendida para sacarnos de él. Pero el Estado no puede llegar a los rincones del alma donde solo llega el calor humano. 

Y ahí es donde la sociedad española ha vuelto a dar una lección. Desde los vecinos que fueron los primeros en acercarse a las vías con mantas y agua, hasta las colas espontáneas para donar sangre o los ofrecimientos de alojamiento para los familiares de las víctimas. Esa generosidad, es el tejido conectivo que nos mantiene unidos. El accidente deja cicatrices imborrables, especialmente en aquellas familias, a quienes desde aquí quiero expresar mi máximo cariño y solidaridad. 

Esperamos que, en su duelo, no se sientan solos. Nos sostiene una estructura pública capaz y nos abraza una ciudadanía solidaria. Esa alianza entre un Estado presente y una sociedad compasiva es la red invisible que impide que nos derrumbemos cuando el suelo se abre bajo nuestros pies.

Las portadas de los tres periódicos de Almería

Aarón Rodríguez
@opinionalmeria

Cada mañana se pueden adquirir tres periódicos de papel que tratan sobre los temas de Almería y su provincia. El decano es  La Voz de Almería, que es también el que tiene mayor difusión. El segundo por el número de lectores es  Ideal, el periódico con sede en Granada, que tiene una edición especial para Almería. El tercero en difusión es el más joven -que recuperó el nombre de una cabecera histórica-,  Diario de Almería, que pertenece al Grupo Joly, propietario de cabeceras en casi todas las provincias andaluza:




El revulsivo de ‘La Revuelta’ en la audiencia de La 1

Alba Haro
@opinionalmeria

La llegada de La Revuelta a La 1 ha supuesto mucho más que el estreno de un nuevo programa de entretenimiento: ha sido un auténtico punto de inflexión en una franja históricamente complicada para la televisión pública. El access prime time, ese espacio entre el informativo nocturno y los grandes estrenos de la noche, llevaba años funcionando como un lastre para La 1, incapaz de generar una audiencia sólida que sirviera de trampolín al prime time. Con David Broncano al frente, la situación ha dado un giro inesperado.

David Broncano / La 1

Los datos avalan el fenómeno. La Revuelta reúne habitualmente cuatro millones de espectadores únicos, con una cuota de pantalla que se mueve entre el 11 % y el 15 %, y una audiencia media que oscila entre 1,5 y 2 millones de personas. Cifras especialmente relevantes si se tiene en cuenta el horario de emisión —aproximadamente entre las 21:45 y las 23:15—, una franja que durante años ha estado claramente dominada por El Hormiguero, el formato estrella de Antena 3.

Que La 1 haya conseguido “hacerle sombra” algunos días a un programa tan consolidado no es un detalle menor. De hecho, la propia cadena pública ha comenzado a anunciar sus estrenos de prime time como aquellos que llegan “después de La Revuelta”, un síntoma claro de que el programa no solo funciona por sí mismo, sino que arrastra audiencia y mejora el rendimiento de la parrilla posterior. Algo impensable hasta hace poco en la televisión pública.

Más allá de los números, el éxito del formato tiene una lectura estratégica. La incorporación de Broncano ha sido interpretada como un soplo de aire fresco y un intento decidido por parte de RTVE de rejuvenecer su oferta y reconectar con un público que había abandonado progresivamente La 1 en favor de las cadenas privadas y las plataformas digitales. El humor irreverente, el ritmo ágil, la naturalidad del presentador y la complicidad con una audiencia joven y digital han demostrado que la televisión pública también puede competir en terrenos tradicionalmente ajenos.

La Revuelta no es solo un programa de entretenimiento; es una declaración de intenciones. Supone asumir riesgos, romper inercias y entender que el servicio público no está reñido con formatos actuales, desenfadados y cercanos. Al contrario: conectar con nuevas generaciones también es una forma de cumplir con ese servicio público, adaptándolo a los tiempos y a los hábitos de consumo audiovisual.

El verdadero reto ahora será la continuidad. Mantener la frescura, evitar el desgaste y consolidar esta nueva identidad en el access prime time será clave para que el éxito no se quede en un fenómeno pasajero. Pero, por el momento, La Revuelta ya ha logrado algo fundamental: demostrar que La 1 puede volver a ser relevante, competitiva y conversación diaria. Y eso, en el panorama televisivo actual, no es poca cosa.

Carmen Borrego y el eterno déjà vu de los realities

Tania Artajo
@opinionalmeria

La participación de Carmen Borrego en GH Dúo ha vuelto a dejar una sensación incómoda, esa que se repite cada vez que la colaboradora pisa un concurso de Telecinco: la del contrato firmado, la exposición garantizada… y el abandono prematuro como desenlace casi anunciado.

Carmen Borrego, anoche en GH Dúo / Mediaset

No es la primera vez que Borrego entra en un reality con la promesa de afrontar el reto y, apenas unos días después, confiesa que no puede más. En esta edición de GH Dúo, el patrón se ha repetido con una precisión milimétrica. Tras activar el protocolo de abandono, la concursante ha alegado que su cuerpo le está pasando factura y que la convivencia se ha vuelto insoportable. “No puedo estar temblando, no aguanto 48 horas más”, confesaba a Belén Rodríguez, dejando claro que su estancia en la casa pendía de un hilo.

En el confesionario, Borrego insistía en que su decisión no estaba premeditada: “Nunca iba a abandonar tan pronto, no estaba en mi mente”. Sin embargo, lo cierto es que muchos espectadores ya intuían este desenlace. Los continuos roces con Cristina Porta y Carlos Lozano, sumados al clima enrarecido generado por John Guts, acabaron formando un cóctel explosivo que Carmen no supo —o no quiso— gestionar. Entre lágrimas, reconocía su hartazgo: “Si esto tiene que ser así, yo prefiero marcharme”.

La situación terminó derivando en un episodio de ansiedad que la llevó a solicitar formalmente el abandono: “Cuanto antes mejor, no he venido a lo que está pasando en esta casa”. Un mensaje que, más allá de la preocupación legítima por la salud mental, vuelve a abrir el debate sobre la responsabilidad de quienes aceptan participar en este tipo de formatos sabiendo de antemano las reglas del juego.

Por si fuera poco, su concurso tampoco ha estado exento de polémica. Un comentario captado por las cámaras de la conexión 24 horas sobre un supuesto móvil desató acusaciones de favoritismo en redes sociales. La organización tuvo que salir al paso para negar cualquier trato de favor, aunque el daño ya estaba hecho. Muchos esperaban ver a una Carmen Borrego más fuerte, más curtida tras años de platós y realities, pero la sensación general ha sido la contraria.

Quizá el problema no sea solo Carmen Borrego, sino el personaje que se ha construido —o que le han ayudado a construir— dentro del ecosistema televisivo. Un perfil que acepta contratos suculentos, promete implicación total y acaba recurriendo al abandono como vía de escape. Un déjà vu que, edición tras edición, termina desgastando tanto al espectador como al propio formato.

La pregunta final es inevitable: ¿hasta cuándo seguirá funcionando esta fórmula? Porque el drama reiterado deja de ser drama y se convierte en rutina. Y la rutina, en televisión, rara vez engancha.

Gobernar sin escuchar, oposición sin calle

Ignacio
Ortega 

Nos llevó décadas comprender que la política era la herramienta fundamental para mejorar la vida de pueblos y ciudades. Hoy, ese aprendizaje parece desdibujado, como si la práctica institucional hubiera perdido su sentido original. El debate municipal se ha convertido en un juego de sombras donde el gobierno ignora y la oposición se desvanece, dejando a la ciudadanía en una orfandad democrática.

Es la lección que extraigo siguiendo los plenos del ayuntamiento de la capital: percibo, por un lado, un gobierno local que ejerce su mayoría absoluta como un muro y, por otro, una oposición que parece existir como ruido de fondo. Sus propuestas son desestimadas sin debate, generando escenas que recuerdan a Charles Laughton en la película Esta tierra es mía, de Renoir, defendiendo la dignidad humana frente a la prepotencia del poder.

En cada sesión plenaria, la desconexión resulta evidente: concejales con respuestas prefabricadas, intervenciones sin levantar la vista del papel y votaciones con el resultado predefinido. El gobierno observa a la oposición como si careciera de legitimidad y el debate se torna plano, casi ceremonial.

Así, el ejercicio democrático se reduce a un ritual vacío cuyo eco apenas llega a los titulares cansados de la prensa.

El espejo de la democracia no solo se empaña por la soberbia del que manda; también por la anemia de quien aspira a representar. Una oposición que se encierra en sus despachos, que sustituye la asamblea vecinal por el comunicado y la visita al barrio por la rueda de prensa, corre el riesgo de volverse irrelevante. No basta con denunciar la falta de diálogo desde la prensa. Para eso le haría falta una pregnancia social avalada por los barrios, que no la tiene. Si la oposición no es capaz de movilizar ni de ilusionar, acaba siendo cómplice involuntaria del silencio institucional.

Cuando el gobierno municipal no escucha y la oposición no pulsa la realidad de los barrios que sostienen la ciudad, la ciudad pierde capacidad para corregir su rumbo. La democracia no es un latido vacío, sino un organismo vivo. Como en los versos de Celia Viñas: “...queda quieta la mano, el corazón no late con su afán / se ha callado el bullicio del pueblo / se va la luz. Pero la luz no muere, sólo muere la luz que se esconde”, perdida entre la soberbia de unos y la invisibilidad de los otros.