Hay
dirigentes políticos que, en los momentos difíciles, crecen institucionalmente.
Y hay otros que, atrapados en el tacticismo y en la política de corto alcance,
desperdician una oportunidad histórica para estar a la altura de las
circunstancias. Fernando Clavijo, presidente de Canarias, ha elegido claramente el segundo camino.
![]() |
| Fernando Clavijo, en Cuatro |
Durante toda esta crisis, el presidente de Canarias ha protagonizado una interminable gira mediática en la que ha preferido la confrontación, el reproche y la teatralización política antes que la colaboración leal entre Administraciones. En lugar de contribuir a transmitir serenidad, coordinación y sentido de Estado, ha optado por alimentar un discurso victimista y defensivo que poco ayuda cuando un país afronta un reto de enorme magnitud.
Resulta
sorprendente que, ante una situación que exigía cooperación institucional y
altura de miras, Clavijo haya insistido una y otra vez en instalarse en el
“sostenella y no enmendalla”, incluso cuando sus contradicciones, errores de
gestión y afirmaciones discutibles eran ya evidentes. Lejos de rectificar o
modular su posición, ha perseverado en una estrategia de desgaste político
impropia de quien representa a una comunidad autónoma que forma parte esencial
del Estado.
Porque
conviene recordar algo elemental: en los grandes momentos de un país, todas las
Administraciones son Estado. Los ayuntamientos, las comunidades autónomas y el
Gobierno de España no pueden actuar como compartimentos estancos ni como
trincheras partidistas. Cuando se afrontan crisis sanitarias, humanitarias o de
cualquier otra naturaleza que afectan al conjunto de la nación y proyectan
además una dimensión internacional, lo que se espera de un presidente
autonómico es responsabilidad institucional, no cálculo político inmediato.
Fernando
Clavijo ha perdido una extraordinaria oportunidad para ser considerado un
verdadero estadista. La percepción pública sobre su papel habría sido
radicalmente distinta si, desde el primer día, hubiera comparecido ante los
ciudadanos con un mensaje claro y constructivo. Bastaba algo tan sencillo como
afirmar: “La sanidad de Canarias está entre las más avanzadas del mundo y nos
ponemos a disposición de la OMS, de la Unión Europea y del Gobierno de España
para afrontar conjuntamente este desafío”. Ese mensaje habría proyectado
confianza, madurez política y orgullo institucional. Habría situado a Canarias
como ejemplo de cooperación y no como escenario permanente de confrontación.
Sin
embargo, se eligió otro camino: el del ruido, el del agravio y el de la
utilización política de una situación extraordinaria. Y eso tiene
consecuencias. No solo deteriora la confianza ciudadana, sino que debilita la
imagen de las propias instituciones canarias ante España y ante Europa.
Afortunadamente,
la actitud de buena parte de la sociedad canaria ha estado muy por encima de la
de su presidente. El pueblo de Canarias ha demostrado, una vez más,
responsabilidad, solidaridad y sentido cívico. También lo han hecho los
funcionarios públicos, profesionales sanitarios, cuerpos de seguridad y
trabajadores de múltiples servicios esenciales que, lejos de entrar en
polémicas políticas, han colaborado desde el primer momento con el dispositivo
desplegado para afrontar esta situación.
Ellos
sí han entendido cuál era su obligación. Ellos sí han actuado con vocación de
servicio público y con sentido de Estado. Y precisamente por eso merecen ser
distinguidos de quienes han preferido convertir una crisis en una plataforma de
confrontación partidista.
La historia política suele ser generosa con quienes saben estar a la altura en los momentos decisivos. Y también suele ser implacable con quienes confunden liderazgo con agitación permanente. Fernando Clavijo todavía está a tiempo de comprenderlo, aunque quizá ya haya dejado pasar la gran oportunidad de su trayectoria política.










