Amaia Montero representa algo más que una voz. Para toda una generación, fue la banda sonora de una época irrepetible. Por eso, cuando volvió a subirse a un escenario con La Oreja de Van Gogh, miles de personas sintieron que recuperaban una parte de su adolescencia. Y también por eso cualquier análisis sobre su regreso despierta emociones tan intensas.
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| Son muchos los medios a los que les ha sorprendido la actuación de Amaia Montero / Telecinco |
Mi artículo “El decepcionante regreso de Amaia Montero”, publicado en La Opinión de Almería, provocó una enorme repercusión. Miles de lectores compartieron el texto y muchos coincidieron en el diagnóstico musical. Otros, sin embargo, me reprocharon falta de empatía hacia una artista que ha atravesado momentos personales muy difíciles. Y entiendo perfectamente esa reacción.
Conviene dejar algo claro desde el principio: mi solidaridad con Amaia Montero es absoluta. Haber superado una etapa tan delicada, volver a enfrentarse al público y regresar a los escenarios merece respeto, admiración y apoyo. Cualquiera que haya seguido mínimamente su trayectoria sabe que detrás de este retorno hay una historia de sufrimiento, fragilidad y reconstrucción personal. Y esto último, humanamente, solo puede celebrarse.
También es una magnífica noticia para la música española que Amaia vuelva a cantar. La Oreja de Van Gogh forma parte de la historia sentimental del pop en nuestro país y reencontrarse con su voz original tiene una evidente carga emocional. Nadie debería disfrutar viendo sufrir a una artista que intenta recuperar su lugar después de años complicados.
Pero precisamente porque empatizar no significa renunciar al criterio, tampoco podemos caer en la idea de que toda crítica artística es una crueldad. Una cosa es el plano humano y otra el profesional. Y confundir ambas dimensiones termina convirtiendo cualquier debate cultural en un terreno imposible.
El problema no es Amaia Montero como persona. El problema es si el espectáculo ofrecido estuvo realmente a la altura de lo que merece el público y del legado de una banda histórica. Y esa duda no la he planteado solo yo. Críticos musicales y expertos vocales han expresado opiniones muy similares en distintos medios.
El experto musical Israel del Amo fue especialmente contundente al afirmar que no entendía “cómo se sube al escenario sin sentir vergüenza profesional”, señalando problemas de afinación, falta de estabilidad vocal y una evidente falta de adaptación del repertorio a la voz actual de la cantante. Otros análisis han incidido en la misma idea: la nostalgia puede emocionar, pero no corrige las carencias técnicas ni sustituye la preparación necesaria para afrontar una gira de esta magnitud.
Incluso algunos seguidores de la banda -muchos de ellos profundamente felices por el regreso- reconocieron en redes sociales que había canciones claramente fuera de registro o interpretaciones muy lejos del nivel esperado. Y admitir eso no convierte a nadie en un “hater”. A veces, simplemente significa escuchar con honestidad.
Vivimos además en un tiempo extraño en el que la empatía parece haberse transformado en una especie de blindaje moral. Si alguien ha sufrido -y Amaia ha sufrido- parece que automáticamente cualquier valoración crítica queda prohibida. Pero la compasión no puede implicar la suspensión total del juicio artístico. Porque entonces dejamos de analizar conciertos, discos o actuaciones para entrar únicamente en el terreno emocional.
Y eso tampoco es justo para el público. Miles de personas han pagado entradas muy caras para asistir a una gira histórica. Tienen derecho a emocionarse, sí, pero también a exigir un nivel acorde a lo que representa La Oreja de Van Gogh. La música en directo no puede sostenerse únicamente sobre la nostalgia colectiva ni sobre la simpatía que genere una artista.
De hecho, quizá la verdadera falta de empatía sería precisamente no decir nada. Fingir que todo estuvo perfecto por miedo a herir sensibilidades. Rebajar el nivel de exigencia hasta convertir cualquier actuación en intocable porque detrás existe una historia personal dolorosa.
Amaia Montero merece respeto. Muchísimo. Merece apoyo en lo humano y reconocimiento por haber logrado volver a ponerse en pie. Pero también merece algo fundamental: honestidad. Porque tratar a un artista como alguien incapaz de soportar una crítica profesional no es protegerlo; es infantilizarlo.
Ojalá encuentre de nuevo su mejor versión. Ojalá la gira crezca y las dudas iniciales desaparezcan. Sería una gran noticia para todos los que crecimos escuchando sus canciones. Pero mientras tanto, la empatía no debería convertirse en censura emocional ni en una obligación de aplaudirlo todo.
Se puede admirar a Amaia Montero y, al mismo tiempo, considerar que su regreso ha estado, por ahora, lejos de lo esperado. Ambas cosas no solo son compatibles: probablemente son la única manera adulta y honesta de mirar este debate.











