Telecinco ha sentado de nuevo a Rocío Flores en el plató de ¡De viernes!,
precisamente el día en que Rocío Jurado habría cumplido 83 años. Y una vez más
ocurrió lo que viene pasando desde hace varios años. Cuando la nieta de La Más Grande se
expone ante la cámara, la conversación termina versando sobre Rocío Carrasco, a la que dedica dos frases que ha convertido en clásicas: "Me ha destrozado la vida" y "Yo nunca haría a mis hijos lo que ella me ha hecho a mí". Afortunadamente, ya dejó en el olvido frases tan de poco gusto como "Mi madre es Olga" o "No puedo criticar a mi padre por lo que dice de mi madre porque es la realidad".
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| Rocío Flores, en ¡De Viernes! / Captura de pantalla del programa |
Los
espectadores se han acostumbrado a esta dinámica, hasta tal punto de que ya no se preguntan qué más tiene que contar Rocío Flores sobre su madre. Lo que ahora se
plantean es por qué Telecinco considera necesario seguir convirtiendo
periódicamente esta historia en contenido televisivo y, sobre todo, por qué lo
hace de esta manera.
Porque
Telecinco no es precisamente un medio ajeno al pasado de Rocío Carrasco. Es la
cadena que en 2021 emitió Rocío,
contar la verdad para seguir viva,
la serie documental en la que Rocío Carrasco rompió un silencio de muchos años y en la
que relató su historia, ilustrada con documentos, resoluciones judiciales y abundante hemeroteca. El
documental recurrió a especialistas y
abrió debates sobre violencia de género, violencia vicaria y violencia
mediática que fueron muy aplaudidos. De nada han servido, como se ve en 'De Viernes!'
Porque,
una vez terminada la emisión de la docuserie, Telecinco no mantiene los criterios de
contextualización y responsabilidad que los expertos habían defendido entonces. Cada afirmación de Rocío Flores podría haberse
confrontado con la documentación disponible, con sus declaraciones anteriores y
con la propia hemeroteca de la cadena. No se hizo esta vez ni ninguna otra.
El medio se escuda, como han declarado algunos colaboradores, en
que todo el mundo tiene derecho a la libertad de expresión. Pero conviene no confundir conceptos.
Rocío Flores tiene derecho a hablar. Por supuesto, igual que los periodistas y colaboradores.
Puede explicar su versión, contar su sufrimiento, cuestionar a su madre y
conceder las entrevistas que considere oportunas. Pero la libertad de expresión
no otorga a nadie el derecho a disponer periódicamente de un programa en prime time para atacar a una persona, sabiendo, como se sabe, que esta persona no va a entrar más en ese debate porque lo que tenía que decir ya lo dijo en su momento. Cuando Rocío Carrasco pronunció aquel contundente "Mamá ya no se calla" no estaba manifestando que iba a entrar al trapo en cada envite de su hija y de la propia cadena de televisión. Vino a decir que, ante cualquier grave acusación, habría la respuesta adecuada, expuesta incluso en el lugar que nadie desea. No es por casualidad por la que Rocío Flores no ha llegado a pronunciar nunca más aquella frase amenazadora ("Si yo hablara, España hacía pum") que su representante le apuntó en una chuleta. José Antonio León, tan desubicado como siempre, volvió a preguntar a Rocío que cuándo va a contar su historia, como si la joven hubiera dejado pasar un solo momento de su vida sin contar su versión de la historia.
Creer que el espectador ha estado en coma durante estos últimos años
Rocío
Flores ha hablado de nuevo de su sufrimiento, del rechazo que recibe en las redes
sociales y de situaciones desagradables que ha vivido en la calle. Y ante
esto, sí conviene dejar claro que ninguna aparición televisiva justifica que
una persona sea acosada, amenazada, insultada o increpada. Porque una cosa es
cuestionar públicamente unas declaraciones y otra muy distinta perseguir a alguien fuera
de un plató. En eso estamos casi todos de acuerdo, pero tampoco conviene confundir crítica con
acoso.
Si Rocío Flores desea realmente escapar del juicio público que tanto
sufrimiento asegura provocarle, es difícil comprender por qué continúa exponiendo ante cientos de miles de espectadores precisamente los asuntos que provocan ese
juicio. Además, de forma reiterativa. Es algo lógico que cada vez que vuelve a hablar de su
madre se active la conversación en las redes sociales. Cada
reproche que lance a su madre va a provocar respuestas.
Y con cada acusación que hace, siempre hay alguien que recupera una entrevista antigua para desmontar su versión.
Se rescatan vídeos, titulares,
declaraciones de su padre, fragmentos de la docuserie y resoluciones
judiciales. No
necesariamente porque exista una conspiración organizada para destruirla, como ella da a
entender, sino porque es ella quien vuelve a colocar el conflicto
en el escaparate público. Todo esto ella lo sabe más que se sobra.
Rocío Flores puede
pedir respeto. Exigir que nadie la acose. Reclamar que nadie le insulte o la
increpe por la calle. Tiene derecho a todo ello.
Pero lo que no puede pretender es que unas
declaraciones realizadas voluntariamente en televisión no sean comentadas por
quienes las escuchan. Anna Gurguí ha hecho una reflexión en X que resume a la perfección parte
de lo que está ocurriendo: el
espectador tiene memoria. Ese
es quizás el gran problema de los intentos de estos personajes de reconstruir
el relato a partir de cero: creer que el espectador ha estado en coma durante estos últimos años y no recuerda nada de lo que ha pasado. Si esto último fuera así, que no lo es, ya se encarga Internet de traer al presente episodios de la vida pasada. La hemeroteca ya no está en sótanos malolientes, sino en ese milagroso aparatito que no abandona nuestras manos.
Por
otro lado, resulta bastante simple intentar atribuir el rechazo o la falta de
empatía que, según ella, le tiene el público a personas como Carlota
Corredera, Alba Carrillo, las amigas de su madre u otras que públicamente
se han posicionado con su madre. ¿No puede plantearse Rocío Flores que, quizás, una parte del público simplemente ha observado lo sucedido durante años y ha
llegado a sus propias conclusiones? La gran mayoría de la gente no está abducido por nadie y tiene criterio propio. No necesita que nadie le diga qué tiene
que pensar o decir. La gente no es tan voluble como algunos piensan.
Precisamente
por eso sorprende todavía más lo que ocurre en el plató de ¡De viernes! Porque
mientras Rocío Flores afirma sentirse constantemente juzgada fuera de
televisión, dentro del programa ocurre exactamente lo contrario. Nadie la
cuestiona. Ese es uno de
los aspectos más llamativos de esta y otras entrevistas. Los periodistas escuchan y a lo más que llegan es a hacer preguntas insustanciales que no hacen otra cosa que corroborar determinado relato. No es cuestión de convertir el programa en un interrogatorio ni de sentar a Rocío Flores en un
banquillo. Ni de negar el sufrimiento que asegura padecer. Se trata simplemente
de hacer lo que debería hacer cualquier periodista cuando una persona cuenta una historia cuya versión no coincide con la que tiene el programa y con la que conocen los entrevistadores.
Cuando
Rocío Flores responsabiliza a su madre de determinados hechos, ¿por qué nadie
le pregunta con la misma insistencia por la responsabilidad de su padre, que sigue denigrando a su madre todos los días en un canal de Youtube? En
el momento en que narra lo que sufrió durante su adolescencia, ¿por qué nadie
introduce una pregunta sobre su propio comportamiento durante aquellos años y
sobre los hechos que llegaron a la jurisdicción de menores? ¿Alguien ha oído a Rocío Flores en ¡De Viernes! hacer autocrítica por conductas de su pasado o a algún periodista plantearle si no era adecuado realizar ese "acto de contrición", dicho sea en términos cristianos? Cuando
estas preguntas incómodas no se realizan, el entrevistado se crece y empieza a
controlar la entrevista.
Y Rocío Flores se crece bastante con la anuencia de los entrevistadores. Se
siente cómoda, se lanza en su relato, señala, establece responsabilidades y
nunca encuentra enfrente a alguien que diga: «Un momento, ¿y esto que estás diciendo, cómo encaja con
aquello?».
Además,
esto genera un efecto peligroso. Aunque ningún periodista diga expresamente
«tienes razón», cuando una persona formula afirmaciones contundentes rodeada de
periodistas que callan y no muestran los antecedentes que conocen, el silencio
se puede percibir como una validación. Rocío Flores sale reforzada mentalmente de cada entrevista de Telecinco, pero cuando cruza el umbral de la puerta de Mediaset tiene que enfrentarse a la reacción social, que es más selectiva, crítica y exigente que los cinco entrevistadores del programa. Y entonces le llega el bajón.
A Terelu ya no se la espera
En cuanto a este silencio periodístico resulta llamativa la actitud de Terelu
Campos. Durante años la escuchamos hablar de Rocío
Carrasco como una hermana. Por eso es tan desconcertante observar ahora a Terelu
frente a Rocío Flores. No porque
tenga obligación alguna de defender a Rocío Carrasco. No la tiene. Tampoco
debería convertirse en portavoz de su amiga ni enfrentarse a su hija en nombre
de ella. Precisamente
porque es comunicadora y lleva tantos años en la televisión, debería hacer
algo muy sencillo: preguntar y confrontar. Sin acritud, pero con criterio y conocimientos periodísticos. Lamentablemente, a Terelu ya no se la espera.
Cuando
Rocío Flores habla de sus padres, nunca en sus intervenciones hay una mirada
crítica hacia Antonio David Flores. Esa mirada crítica es implacable con su madre. Cuenta en la entrevista que no le
gustaría que sus hijos pasaran por lo que ella ha pasado. Con
esta afirmación, considera que la exposición pública de su familia ha provocado
consecuencias devastadoras en su vida. Y nadie le pregunta ni ella se pregunta qué papel ha desempeñado su padre durante años en esa exposición. Rocío flores enjuicia con gafas de aumento las acciones de su madre y con ojos de miope las de su padre.
Con 29 años e investida de una falsa infantilización
Rocío
Flores tiene 29 años. Es joven, pero adulta. Sin embargo, los
colaboradores de Telecinco la invisten de una extraña
infantilización. Hablan de «la niña» como si el tiempo se hubiese detenido. Y
no. Una niña no estaría en un plató contando esas cosas. Ya lo hizo su padre
cuando ella era menor. ¿Y por qué la tratan como una niña, y no como una mujer? Porque tratarla
como adulta significaría atribuirle capacidad para reflexionar
sobre sus propias decisiones, y eso los periodistas -y tal vez la productora del programa- quieren evitarlo.
No es criticable -pero sí poco comprensible- que la cadena conceda tantas veces la voz a Rocío Flores para exponer los mismos argumentos. Ellos verán. El verdadero
interrogante es por qué una cadena que posee el mayor archivo
audiovisual sobre esta familia decide sentarla frente a varios periodistas y
utilizar tan poco ese archivo. Telecinco
emitió durante años las intervenciones de Antonio David Flores. Emitió
Rocío, contar la verdad para seguir
viva. Escuchó a especialistas. Habló de violencia mediática.
En la cadena se explicó durante semanas que los medios podían
participar en dinámicas capaces de incrementar el sufrimiento de una persona.
Y a todo eso se le hace borrón, el mismo borrón que se ha hecho con la docuserie, que ha sido eliminada de su plataforma.
Entrevistadores que no preguntan o hacen preguntas insustanciales
Anoche, frente a Rocío Flores se sentaban periodistas que conocen esta historia familiar. La propia cadena conserva en sus archivos antecedentes suficientes para contrastar muchas de las afirmaciones que se hicieron. Por eso, anoche extrañaba que una persona hablara y hablara y cinco personas enfrente solo escucharan y escucharan. Esa mecánica la explotaba magistralmente Jesús Quintero, El Loco de la Colina. Pero ¡De Viernes! no es un programa de culto. Rocío
Flores no necesitaba un plató hostil. Necesitaba, si se la presentaba como
protagonista de una entrevista periodística, un plató que haga preguntas. También
las incómodas. Especialmente las incómodas. Porque esa es la esencia de una entrevista
(El programa de anoche de ¡De Viernes!, emitido en Telecinco, tuvo una audiencia del 10,8 % de cuota de pantalla. Un tuit de La Opinión de Almería publicado tras la emisión del programa dice así: "Una pregunta a los dirigentes de Telecinco: ¿Merece la pena denigrar públicamente a Rocío Carrasco por conseguir 637.000 espectadores en pleno prime time?").