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La difusión del bulo y el apoyo corporativo

Alba Haro
@opinionalmeria

En tiempos donde la desinformación se ha convertido en un ruido de fondo constante, cabría pensar que la aparición de un bulo más apenas merece ya atención. Desgraciadamente, hemos normalizado que las redes sociales sean terreno fértil para cifras infladas, relatos interesados y conclusiones sin sustento. Lo verdaderamente inquietante no es, por tanto, la existencia del bulo, sino quién lo amplifica, quién lo legitima y, sobre todo, quién lo defiende.

La reciente polémica en Málaga a raíz de la interrupción del AVE en Semana Santa ilustra con claridad este problema. La difusión de una cifra de 1.300 millones de euros como supuesto impacto económico negativo no solo resulta desproporcionada, sino directamente inverosímil. Más aún cuando contrasta de manera frontal con estimaciones oficiales que sitúan el impacto económico de la Semana Santa en toda Andalucía en torno a los 500 millones de euros.

Pero el problema no es únicamente la cifra, sino la ausencia de un respaldo técnico o institucional que la sostenga. No hay informe, no hay metodología conocida, no hay base verificable. Solo una cifra impactante, diseñada para circular, para generar alarma y para asentarse en la conversación pública como si de un dato contrastado se tratase.

Frente a esto, los cálculos más prudentes y transparentes apuntan a una realidad muy distinta. Si se estima que unos 50.000 viajeros podrían verse afectados, con un gasto medio diario de 170 euros y una estancia media de tres días, el impacto económico difícilmente superaría unas pocas decenas de millones de euros. La simple aritmética desmonta el relato: para alcanzar los 1.300 millones, cada visitante debería gastar más de 25.000 euros en apenas tres días. Una hipótesis que no resiste el más mínimo análisis.

Sin embargo, lo más preocupante no es el error, ni siquiera la exageración. Lo verdaderamente grave es el respaldo institucional que ha recibido esta información. Que una asociación profesional como la Asociación de la Prensa de Málaga salga en defensa del autor de esta cifra y, al mismo tiempo, critique a quien la desmiente con datos verificables, supone un ejercicio de corporativismo difícilmente justificable.

La función de las asociaciones de prensa no es proteger a ultranza a sus miembros, sino velar por el rigor, la ética y la credibilidad del oficio. Defender lo indefendible no fortalece al periodismo; lo debilita. Y cuestionar a quien aporta datos verificables, en lugar de exigir pruebas a quien lanza cifras desorbitadas, invierte peligrosamente el orden de las responsabilidades.

En este contexto, resultan especialmente pertinentes las palabras del periodista Pepe Fernández: “Aquí no hay 1.300 millones. Hay, en el mejor de los casos, varias decenas. Pero sobre todo hay una maquinaria política y mediática capaz de convertir una cifra insostenible en verdad social. Y eso ya no es un error: es un problema democrático”.

Ahí reside el verdadero núcleo de la cuestión. Cuando una cifra falsa deja de ser cuestionada y comienza a ser defendida, cuando el debate se desplaza desde la veracidad hacia la protección corporativa, el problema deja de ser informativo para convertirse en estructural.

Los medios serios —y lo son, o deben serlo, quienes participan en la construcción de la opinión pública— no pueden permitirse el lujo de amplificar lo inasumible. Y mucho menos las organizaciones que representan a los periodistas pueden avalar actitudes que erosionan la confianza ciudadana en la información.

Porque, al final, no se trata solo de una cifra inflada. Se trata de la credibilidad de todo un sistema informativo. Y esa, a diferencia de los bulos, sí tiene un coste incalculable.

La brecha invisible

Ignacio Ortega
@opinionalmeria 

Son las 10 de la mañana del primer sábado de esta primavera, y el sol de Almería vuelve a su alianza con la vida. Me siento en la mesa de un bar frente al mar, con el periódico bajo el brazo. Entonces, un joven camarero se me acerca. Lleva años afincado en esta costa, con un acento que ya cabalga entre sus raíces lejanas y el deje seco de nuestra tierra.

-Con ese- me dice señalando una foto del presidente del Gobierno en el periódico- no me sentaría a desayunar ni muerto.

Su vehemencia no me sorprendió, pero sí la rabia en sus ojos, de un azul frío y afilado, como acero. Se inclinó sobre la mesa y, en una retahíla de adjetivos, diseccionó a los políticos, de un lado y del otro. Hablaba de inseguridad, control migratorio, patria y una sensación de abandono nacional que parecía clavada en la garganta. Había en sus palabras una convicción recién adquirida, casi fervorosa: quien cruzó una frontera defendía ahora, sin matices, los muros.

Lo escuché, más interesado en entender que en debatir. Su discurso, atravesado por consignas que nacen en el algoritmo y se encadenan unas a otras, le impedía atravesar la realidad, como si cada frase se hubiera transformado en una verdad absoluta. Algo así como asistir al milagro de la transubstanciación: una sustancia que se convierte en otra por fe ciega. Sin embargo, tras su armadura de dogmas, latía una urgencia de ser escuchado que mi generación a menudo despacha como ruido.

Percibí que no hablaba solo él. Hablaba una generación que no encuentra asidero en discursos tradicionales, que desconfía de los viejos partidos y busca respuestas rápidas en un mundo que se mueve a la velocidad del scroll en el móvil. No es que su juicio fuera errático por naturaleza, sino que su brújula apunta a un norte que ya no figura en mis mapas.

Nos sentamos con el periódico bajo el brazo, mientras ellos se alimentan de otra realidad, viralizada en vídeos de un minuto, donde el blanco y negro lo ha sustituido todo. Esa simplificación no es falta de inteligencia, es una forma de orientarse en medio de un ruido digital que no da tregua.

Quizá, para él, yo no fui más que el cadáver de un Héctor abandonado ante las murallas de Troya. Como ese héroe troyano, vencido y expuesto, representaba un mundo de certezas que ya no tiene lugar en el suyo. Me levanté con el periódico en la mano y pude ver en su rostro, pero también en el espejo de mi propia fatiga, la verdadera acedía: esa fatiga moral que ya no busca comprender. Al salir, el sol de Almería seguía allí, ofreciendo su luz de siempre a dos mundos que, aunque comparten la misma orilla, han olvidado cómo mirarse a los ojos sin miedo.

Las portadas de los tres periódicos de Almería

Aarón Rodríguez
@opinionalmeria

Cada mañana se pueden adquirir tres periódicos de papel que tratan sobre los temas de Almería y su provincia. El decano es   La Voz de Almería , que es también el que tiene mayor difusión. El segundo por el número de lectores es   Ideal,  el periódico con sede en Granada, que tiene una edición especial para Almería. El tercero en difusión es el más joven -que recuperó el nombre de una cabecera histórica-,   Diario de Almería , que pertenece al Grupo Joly, propietario de cabeceras en casi todas las provincias andaluza:




Cobrar más para no prestar

Fátima Herrera
Portavoz del PSOE en el Ayuntamiento de Almería

Almería es una ciudad que se levanta cada mañana con la misma sencilla esperanza: que lo que se paga vuelva en forma de calles limpias, parques bien cuidados, barrios conectados y servicios que funcionen. Por eso la liquidación del presupuesto municipal de 2025 deja una sensación difícil de explicar: el dinero estaba, pero la ciudad no lo ha visto. Entre el Ayuntamiento y sus organismos autónomos la Sra. Vázquez había previsto 57,2 millones de euros para inversiones. Sin embargo, solo ha ejecutado 17,5 millones. Es decir, ha dejado sin hacer casi el 70% de lo prometido. Y cuando una ciudad deja de invertir, no “ahorra”: se para. Se retrasa. 

Lo más preocupante es que se trata de un patrón: más de 50 partidas destinadas a proyectos concretos han tenido ejecución cero. Nada. Y, al mismo tiempo, el gasto en comunicación institucional ha doblado lo previsto. No es una cuestión de “quién tiene mejor eslogan”, sino de prioridades: para anunciar, siempre hay recursos; para ejecutar, faltan. Almería no necesita más pose; necesita gestión. A esa falta de ejecución se suma otro golpe: más de dos millones de euros devueltos en subvenciones de otras administraciones. Dinero que venía de fuera para mejorar Almería y que se pierde por retrasos o incapacidad de tramitar a tiempo. 

El caso del mercado de Los Ángeles es especialmente revelador: más de un millón de euros de fondos europeos devueltos, y una obra que finalmente se paga con dinero municipal. La pregunta es inevitable: ¿cuántas mejoras en nuestros barrios se podrían haber hecho con ese millón? Y mientras tanto, la recaudación ha batido récords gracias al bolsillo de los almerienses que la alcaldesa, María Vázquez, está exprimiendo al máximo. Es decir, el dinero entra. Gobernar no es estar en la foto, y Almería merece un Ayuntamiento que cobre con responsabilidad, sí, pero que devuelva con hechos. Porque la confianza de una ciudad no se gana anunciando: se gana cumpliendo.

TVE prescinde de Isabel Durán por su bulo sobre el DNI electrónico

Nuria Torrente
@opinionalmeria

La reciente decisión de TVE de prescindir de la periodista Isabel Durán tras la publicación de un artículo en el medio digital El Debate ha vuelto a situar en el centro del debate público una cuestión delicada: los límites entre la libertad de expresión, la responsabilidad informativa y el impacto de los discursos sobre la calidad democrática.

La propia periodista ha informado de su despido en X

El texto en cuestión abordaba la supuesta posibilidad de adulterar procesos electorales en Castilla y León mediante el uso del DNI digital, una afirmación que ha sido ampliamente cuestionada por expertos, instituciones y buena parte de la opinión pública. Las críticas no se han centrado únicamente en el contenido, sino también en el contexto político en el que se produce y en la trayectoria ideológica de la autora, conocida por su cercanía a posiciones conservadoras.

Este episodio plantea varias cuestiones de fondo. En primer lugar, la responsabilidad de los profesionales de la comunicación a la hora de difundir informaciones que pueden afectar a la confianza en el sistema democrático. En un momento en el que la desinformación circula con rapidez y encuentra eco en determinados sectores, la prudencia y el rigor no son solo virtudes deseables, sino exigencias imprescindibles.

En segundo lugar, se abre el debate sobre la reacción de los medios públicos ante este tipo de situaciones. TVE, como servicio público, tiene el mandato de ofrecer información veraz, contrastada y plural. La desvinculación de Durán puede interpretarse como una decisión orientada a preservar estos principios, aunque también suscita interrogantes sobre hasta qué punto las empresas periodísticas deben o no sancionar opiniones expresadas fuera de sus plataformas.

No se trata de negar el derecho a la opinión, pilar básico de cualquier sociedad democrática, sino de subrayar que no todas las opiniones tienen el mismo valor cuando se presentan bajo el paraguas del periodismo. La línea que separa la libertad de expresión de la difusión de bulos es cada vez más fina, pero no por ello menos relevante.

Finalmente, este caso refleja una polarización creciente en el debate público español, donde cualquier cuestión, incluso las relacionadas con la integridad de los procesos electorales, corre el riesgo de convertirse en arma arrojadiza. En ese contexto, conviene recordar que la confianza en las instituciones democráticas es un bien colectivo que debe ser protegido por todos los actores, especialmente por quienes tienen la capacidad de influir en la opinión pública.

Más allá de nombres propios, lo ocurrido invita a una reflexión serena sobre el papel del periodismo en tiempos de incertidumbre. La credibilidad no se impone, se construye día a día, y se puede perder con una sola afirmación irresponsable. Por ello, la defensa de la verdad, el contraste de fuentes y el compromiso con los hechos deben seguir siendo las señas de identidad de una profesión que, hoy más que nunca, está llamada a ejercer como pilar de la democracia.