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Exposición fotográfica de Alicia Fernández Barranco

Miguel Fernández Gázquez
Secretario Técnico del Colegio de Arquitectos de Almería

La arquitectura detiene su pulso cronológico para convertirse en pura experiencia artística. La sede del Colegio Oficial de Arquitectos de Almería (COAA), en la calle Martínez Campos, ha inaugurado este jueves 8 de octubre la muestra Tiempo de exposición, una profunda inmersión en la mirada de la fotógrafa y arquitecta Alicia Fernández Barranco. Integrada en el programa del Octubre Urbano con motivo del Día Mundial de la Arquitectura, la exposición —que permanecerá abierta hasta el 7 de noviembre en la sede colegial de la calle Martínez Campos— fue presentada por el decano del COAA, Luis Cano, ante una concurrida sala dispuesta a adentrarse en un espacio transformado en un “reloj” conceptual.

Cartel de la exposición

La exhibición ofrece una cuidada selección de encargos, proyectos y series realizados por Fernández Barranco (Granada, 1989) a lo largo de una década de trayectoria profesional anterior a 2026. En ella, la fotógrafa y arquitecta entrelaza su producción comercial especializada con su obra más íntima y personal. El nexo de unión de todo su trabajo es la dimensión espacial y la huella cronológica en los entornos construidos.

Durante la presentación de la muestra, la propia Alicia Fernández Barranco insistió en que su metodología se resume en las acciones de "observar, detenerse y pensar", una premisa que dilata la ejecución de sus tomas y convierte a la arquitectura en una "caja de resonancia del tiempo". De este modo, el recorrido de la sala —articulado con paños fotográficos tanto en blanco y negro como en color— ha sido diseñado bajo la metáfora de un reloj reflexivo que reta al público asistente. Un sutil hilo invisible conecta las distintas secuencias expositivas, desafiando al visitante a adentrarse en un entramado visual en el que no hay azar. 

El público queda invitado a un ejercicio de observación pausada para descifrar los nudos y brújulas espaciales que hermanan rincones dispares de la geografía, uniendo bajo una misma lógica interna y conceptual un paseo por Grecia con Berja, o los paisajes del norte de España con la localidad de Adra. Todo un reto.

Cuando el banco deja de escuchar

Felipe Mújica Pedrejón
Ex  directivo de banca

Hoy quiero hablarles a algunos empleados de banca. A esos que todavía tienen un carguito, una tarjeta con un título importante y la esperanza de que, obedeciendo mucho, conservarán la silla. Os lo digo con afecto. Y con cuarenta años de banca a las espaldas: cuidado, que estáis colaborando muy eficazmente en demostrar que ya no hacéis falta.

Antes, cuando un cliente planteaba una operación, había que estudiarla. Mirar los números, conocer sus circunstancias, valorar las garantías… y mojarse. A veces se aprobaba. Otras, se denegaba. Pero había alguien capaz de explicar por qué y de defender su criterio. Ahora la explicación cabe en cinco palabras: «El sistema no me deja». Maravilloso. Cuarenta años de experiencia profesional resumidos en un mensaje de error.

Y yo pregunto: si tu trabajo consiste en comunicar lo que dice una máquina, ¿cuánto crees que tardará la máquina en comunicarlo ella sola? Porque tú cobras una nómina, tienes vacaciones y, de vez en cuando, hasta te pones enfermo. Qué poca visión empresarial por tu parte. El algoritmo, en cambio, puede denegar quinientas hipotecas antes de que tú termines el primer café. Y sin pedir un despacho.

No estoy diciendo que haya que conceder cualquier préstamo. He trabajado en Riesgos. Sé perfectamente que prestar dinero exige prudencia. Lo que digo es que estudiar una operación no puede consistir en introducir datos y esperar a que se encienda una lucecita. Que detrás de una solicitud hay una persona. Y que, a veces, esa persona necesita que alguien detecte un error, comprenda una circunstancia o defienda una excepción razonable.

Pero defenderla da trabajo. Hay que escribir un informe. Discutir con la central. Insistir. Arriesgarse a que el jefe pregunte por qué eres tan pesado. Mucho más cómodo encogerse de hombros: «Felipe, yo te entiendo, pero desde arriba…».

Desde arriba. Ese lugar misterioso del que bajan las consignas y al que nunca suben las responsabilidades. Pues escucha: desde arriba también puede bajar, cualquier mañana, un correo anunciando que tu puesto ha sido eliminado. Por eficiencia. La misma eficiencia que llevabas meses defendiendo delante de tus clientes. Y entonces descubrirás que el sistema tampoco te deja a ti.

No os pido heroísmo. Os pido oficio. Criterio. Un poco de amor propio profesional. Porque el cliente al que hoy no escucháis es parte del negocio que sostiene vuestra nómina. Y cuando dejáis de aportar algo que una máquina no aporta, le ponéis muy fácil a alguien hacer la cuenta.

Todavía estáis a tiempo de demostrar para qué servís. Después, cuando os toque a vosotros pedir una explicación, sería triste encontrar al otro lado a alguien que os diga: «Te entiendo perfectamente… pero el sistema no me deja». RIP. Descanse en paz aquel carguito que parecía tan seguro.

Almería, atrapada en sus calles

Fátima Herrera
Portavoz del PSOE en el Ayuntamiento de Almería

En cierto modo Almería parece un reloj parado. Los coches avanzan a tirones, los autobuses llegan tarde y la ciudadanía consume en sus atascos un tiempo que pertenece a su vida. Cada semáforo se convierte en una trampa; cada trayecto, en una incertidumbre. Las obras de enlosado del Paseo han estrechado todavía más ese reloj de arena. 

Claro que hay que hacer obras, pero renovar el corazón de Almería exigía pensar antes en las calles por las que tendría que seguir latiendo. Prever rutas alternativas, señalizar los desvíos e informar con antelación. Además, el transporte público sigue esperando una renovación que acumula años de retraso. La ciudad ha crecido hacia nuevos barrios, centros comerciales y lugares de trabajo, pero sus autobuses arrastran recorridos y frecuencias obsoletos. 

Para dejar el coche en casa hace falta algo más que una recomendación: hace falta confiar en que el autobús llegue a tiempo, con frecuencia y no pase de largo. Los trabajadores de Surbús conocen bien la diferencia entre un horario y una calle colapsada. Denuncian tiempos irreales, sobrecarga y dificultades incluso para atender necesidades básicas. Sus representantes estudian movilizaciones y una posible huelga. 

El Ayuntamiento no puede abandonar a quienes sostienen cada día un servicio esencial ni dejar que el conflicto siga complicando la vida a los almerienses. Granada, una capital de tamaño comparable, dispone de metro ligero, y la Bahía de Cádiz cuenta con un tranvía. Almería merece estudiar si ese transporte puede acercar sus barrios a Torrecárdenas, la Universidad, la estación y el centro. 

Desde el PSOE pedimos un estudio de viabilidad del tranvía o de un metro ligero, con participación de la Junta. Queremos conocer la demanda, posibles trazados, costes y financiación, y su integración con los autobuses. Gobernar una ciudad  también es prever las molestias de las obras, renovar los autobuses y planificar la movilidad. Almería necesita avanzar. Nuestra ciudad pide a gritos ya una visión ambiciosa que le ayude a saltar hacia el futuro.

Las portadas de los tres periódicos de Almería

Aarón Rodríguez
@opinionalmeria

Cada mañana se pueden adquirir tres periódicos de papel que tratan sobre los temas de Almería y su provincia. El decano es  La Voz de Almería , que es también el que tiene mayor difusión. El segundo por el número de lectores es  Ideal,  el periódico con sede en Granada, que tiene una edición especial para Almería. El tercero en difusión es el más joven -que recuperó el nombre de una cabecera histórica-, Diario de Almería, que pertenece al Grupo Joly, propietario de cabeceras en casi todas las provincias andaluza:




Sin quioscos no hay ciudad

Ignacio Ortega
@opinionalmeria

Éramos niños quemados por el sol y la calle, de rodillas despellejadas, que leíamos a pie de quiosco las aventuras de El Jabato y los tebeos de Mortadelo y Filemón, del genial Ibáñez. La Historia Sagrada era el libro que nos imponía la dictadura, pero los sábados aguardábamos las aventuras de El Capitán Trueno, El Jabato o Zipi y Zape. Mientras mi abuela intercambiaba novelas de Corín Tellado, yo leía tebeos por una perra gorda. Aquellos sábados eran una llama en el vacío. El quiosco era nuestra puerta al mundo. De allí brotaban guerreros, fantasmas y brujas que alimentaban la imaginación y vestían lo irreal de asombro.

A comienzos de siglo, Andalucía tenía más de 3.000 quioscos y Almería rondaba los 70. Hoy apenas quedan 1.000 en Andalucía y menos de 20 en Almería. Cuesta imaginar el Paseo de Almería sin aquellos quioscos de hierro y cristal, alguno con aire “art nouveau”, que le daban una dignidad hoy perdida entre tanta uniformidad. El Ayuntamiento debería flexibilizar la normativa municipal para frenar su desaparición y evitar que estos pequeños refugios urbanos se apaguen del todo.

Había amor en aquel rito de llevarle a mi padre el diario Ya, donde escribía aforismos mi primo Juan Pérez Creus. Con el tiempo, mi lealtad al papel se hizo ineludible: en sus páginas encontraba una mirada poliédrica del mundo que la televisión no me ofrecía.

Hoy leer la prensa en el ordenador me priva del rito de pasear cada mañana hasta el quiosco. Hace unos días, mi quiosquero me contó que pensaba cerrar. Con él se apagaría también una parte de la vida del barrio: algo más que un negocio, un lugar de encuentro frente al avance de la indiferencia y el deslugar. Por eso me despido de él con cautela, sin saber si mañana seguirá ahí, entre los periódicos del día, revistas, golosinas y folletos de sudoku, en esta lenta agonía de los quioscos de Almería.

No concibo una mañana en la terraza de un bar sin un café y el periódico del día. Ahí el mundo te espera convertido en noticia, desplegándose despacio sobre el papel.

Si desaparecen, se habrá ido con ellos todo lo que fuimos.