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Rocío Carrasco recibe el homenaje institucional de Chipiona

Juan Folío
@opinionalmeria

Chipiona ha saldado este miércoles una deuda de gratitud con Rocío Carrasco. La hija de Rocío Jurado ha recibido el reconocimiento oficial de la localidad gaditana por su contribución decisiva a la puesta en marcha del Centro de Interpretación dedicado a su madre, un proyecto largamente esperado que hoy se ha convertido en uno de los principales reclamos culturales y turísticos del municipio. El homenaje, organizado por la Delegación Municipal de Turismo dentro de los actos de la Semana del Turismo, se ha celebrado a las 13:00 horas en el Castillo de Chipiona, con la presencia de familiares y amigos de la homenajeada.

Rocío Carrasco recibe el galardón de manos del alcalde, Luis Mario Aparcero, y del concejal delegado de Turismo, Francisco Javier Query / Loa

No ha sido un reconocimiento casual ni meramente protocolario. El Ayuntamiento ha querido poner nombre y apellidos a una colaboración que considera imprescindible para que el museo de Rocío Jurado pudiera finalmente abrir sus puertas después de años de espera. La propia Delegación de Turismo lo resumía en los días previos al acto al recordar que convertir en realidad aquel viejo proyecto requería un compromiso acorde con la dimensión de la artista y que fueron la predisposición, el cariño y la entrega de Rocío Carrasco los que permitieron desbloquearlo.

El alcalde de Chipiona, Luis Mario Aparcero, ha sido especialmente claro durante su intervención. El regidor ha atribuido a la colaboración de Rocío Carrasco un papel esencial en la puesta en funcionamiento del Centro de Interpretación y ha subrayado que sin ella el proyecto no habría podido hacerse realidad. Aparcero ha aportado además un dato que permite medir la dimensión que ha adquirido el museo: cerca de 100.000 personas han pasado ya por unas instalaciones que abrieron oficialmente al público el 7 de julio de 2022.

Rocío Carrasco: "Por mucho que digan, el museo se queda en Chipiona" / Loa

Detrás de esas cifras existe una historia que se prolongó durante muchos años. La creación de un espacio dedicado a conservar y exhibir el patrimonio artístico y personal de Rocío Jurado fue un proyecto largamente aplazado hasta que finalmente pudo materializarse. Para hacerlo posible resultaba imprescindible contar con buena parte del legado que custodiaba su hija. Vestidos que forman parte de la historia de la música española, premios, documentos y numerosos objetos personales terminaron regresando así a Chipiona para quedar vinculados a la tierra en la que nació la artista.

El alcalde de Chipiona, Luis Mario Aparcero, considera que el Centro de Interpretación Rocío Jurado es imprescindible en el impulso económico del municipio / Loa

Desde entonces, el Centro de Interpretación ha permitido construir un recorrido que va más allá de la artista que llenaba escenarios. Sus diferentes espacios acercan al visitante a la trayectoria profesional de Rocío Jurado, pero también a su dimensión más personal y a la estrechísima relación que mantuvo durante toda su vida con Chipiona. Los números confirman la acogida del proyecto: en sus primeros doce meses recibió 46.353 visitantes y al cumplir tres años había alcanzado los 80.776, con público procedente de distintos lugares de España y también del extranjero.

Rocío Carrasco ha agradecido el homenaje asegurando que recibirlo supone para ella «un orgullo, un placer y un honor», aunque ha querido compartir inmediatamente el protagonismo. Durante su intervención ha destacado especialmente la labor de su prima Rocío Jurado Rodríguez, a quien ha reconocido un papel fundamental en todo el proceso para que las piezas estuvieran preparadas y las numerosas gestiones necesarias pudieran llevarse a cabo.

Rocío agradeció la labor de su prima Rocío Jurado Rodríguez, ya que "sin ella este museo no sería posible" / Loa

Pero la frase que probablemente permanecerá de este homenaje ha llegado al final de su intervención. Carrasco ha aprovechado el escenario institucional para despejar cualquier duda sobre la continuidad del legado de su madre en su localidad natal: «Por mucho que diga nadie, el Museo se queda en Chipiona. Aviso a navegantes». Una afirmación breve y contundente con la que ha reafirmado el vínculo entre el patrimonio de Rocío Jurado y el pueblo al que la cantante llevó consigo durante toda su carrera.

También el delegado municipal de Turismo, Francisco Javier Query, ha querido poner el acento precisamente en esa decisión. El responsable municipal ha agradecido públicamente a Rocío Carrasco que hiciera posible que una parte esencial del legado de su madre permaneciera en Chipiona y pudiera ser conocida por quienes visitan la localidad. Porque el objetivo del Centro, según ha destacado, no consiste únicamente en contemplar recuerdos de una estrella, sino también en acercarse a la mujer que existía detrás de una de las artistas españolas más importantes de las últimas décadas.

El reconocimiento adquiere además un significado especial por el momento elegido. Se enmarca en la Semana del Turismo de Chipiona, cuya programación continuará hasta el próximo domingo 27 de septiembre, Día Mundial del Turismo, jornada en la que precisamente el Centro de Interpretación Rocío Jurado ofrecerá visitas gratuitas en grupos reducidos. El homenaje convierte así a Rocío Jurado, una vez más, en embajadora de su tierra y reconoce oficialmente a su hija por haber contribuido a que una parte fundamental de su memoria permanezca precisamente donde la artista siempre quiso estar: en Chipiona.

Las mercenarias de Rocío Flores

Nuria Torrente
@opinionalmeria

Rocío Flores ha encontrado una nueva palabra para engrosar la colección de titulares que suele dejar tras sus apariciones televisivas. Esta vez ha sido mercenarias. En su intervención en ¡De Viernes!, el programa de Telecinco, habló de un «séquito de mercenarios» alrededor de su madre y señaló expresamente a dos mujeres: Alba Carrillo y Carlota Corredera. La elección de la palabra no es precisamente inocua y, cuando se utiliza públicamente para referirse a personas perfectamente identificables, conviene detenerse en su significado y también en aquello que se está insinuando con ella.

Rocío Flores, en una captura de pantalla de Telecinco

Según el Diccionario de la Real Academia Española, mercenario puede referirse al soldado que sirve por dinero a una potencia extranjera, pero también a quien desempeña por otra persona un empleo o servicio a cambio de una retribución. Como parece evidente que Rocío Flores no estaba enviando a Alba Carrillo y Carlota Corredera al frente de ninguna guerra, habrá que entender que utilizaba el término en este segundo sentido. Y es precisamente ahí donde la acusación empieza a plantear interrogantes, porque un mercenario, por definición, presta un servicio por dinero y, si alguien cobra, necesariamente tiene que existir alguien que pague.

La pregunta, por tanto, resulta inevitable: ¿quién paga a esas supuestas mercenarias? Si lo que se pretende insinuar es que Alba Carrillo y Carlota Corredera defienden determinadas posiciones porque Rocío Carrasco las recompensa económicamente por hacerlo, estaríamos ante una afirmación que necesitaría bastante más que una palabra contundente pronunciada en un plató. Harían falta hechos, pruebas o algún elemento objetivo que permitiera sostener semejante relación. Hasta donde públicamente se conoce, esas pruebas no han aparecido y Alba Carrillo, además, ha negado expresamente cobrar por defender a Rocío Carrasco, reivindicando algo bastante menos misterioso: es su amiga. Parece extraño que a estas alturas haya que recordar que la amistad todavía no necesita contrato, nómina ni transferencia bancaria.

Se puede estar de acuerdo o en desacuerdo con Alba Carrillo, considerar acertada o equivocada la posición que Carlota Corredera ha mantenido durante estos años e incluso criticar con toda la contundencia que se quiera el tratamiento televisivo que se ha hecho del conflicto de la familia Flores-Carrasco. Todo eso forma parte del debate público. Sin embargo, una cosa es cuestionar opiniones, actuaciones profesionales o declaraciones concretas y otra bastante diferente colocar sobre dos personas identificables una etiqueta que puede transmitir la idea de que actúan por dinero al servicio de otra persona. Las palabras importan, especialmente cuando se pronuncian en televisión, y Rocío Flores conoce sobradamente la repercusión que pueden alcanzar.

No estamos ante alguien desconocedor del funcionamiento de los medios. Rocío Flores lleva años compareciendo ante las cámaras, sabe desenvolverse en un plató y sus intervenciones suelen dejar alguna frase que termina convertida en titular. Ahí quedó aquel «si yo hablara, España hacía pum», al que posteriormente se han sumado otras afirmaciones reiteradas sobre su madre, como que le había «destrozado la vida» o que ella nunca haría a sus hijos lo que asegura que su madre le hizo a ella. Ahora tenemos los «mercenarios». En su última entrevista realizó además una confesión especialmente delicada al explicar que atravesó un momento de tal desesperación que estuvo cerca de adoptar una decisión fatal. Una revelación de esa naturaleza merece respeto y no existen razones para banalizar ni cuestionar gratuitamente un sufrimiento que ella asegura haber vivido, aunque se trate de una circunstancia que no había hecho pública anteriormente.

Precisamente porque ese sufrimiento merece respeto, también conviene separar unas cuestiones de otras. Rocío Flores tiene todo el derecho a contar su dolor, explicar su versión de la historia, cuestionar las decisiones de su madre y discrepar de cualquier periodista, presentadora o colaboradora de televisión. Tiene igualmente derecho a defenderse cuando considere que alguien ha sido injusto con ella. Pero el legítimo derecho a reclamar respeto no debería convertirse en una patente para desacreditar a quienes mantienen una posición distinta, especialmente cuando esas personas no son responsables del conflicto que existe entre madre e hija.

Rocío Flores y Rocío Carrasco mantienen desde hace muchos años una relación completamente rota, atravesada además por episodios familiares y judiciales que han terminado expuestos ante millones de personas. Solo ellas saben si algún día existe alguna posibilidad o voluntad de reconstruir ese vínculo. Lo que resulta mucho más difícil de comprender es que ese conflicto vaya incorporando nuevos adversarios por el camino y que personas cuya principal conexión con esta historia consiste en mantener amistad con Rocío Carrasco, mostrarle públicamente afecto, empatizar con el sufrimiento que ella ha relatado o valorar positivamente su trabajo relacionado con el legado de Rocío Jurado terminen convertidas también en destinatarias del enfrentamiento.

Alba Carrillo puede ser amiga de Rocío Carrasco sin convertirse por ello en enemiga de Rocío Flores. Carlota Corredera puede creer la versión de Rocío Carrasco, defenderla públicamente o compartir determinadas reivindicaciones sin que de ello pueda deducirse que alguien le paga por hacerlo. Exactamente igual que quienes apoyan a Rocío Flores no deberían ser automáticamente considerados enemigos de su madre. Las relaciones humanas son bastante más complejas que dos trincheras enfrentadas y convertir cualquier gesto de amistad o solidaridad hacia una de las partes en una agresión contra la otra solo contribuye a prolongar un conflicto que ya dura demasiado.

Hay además una contradicción que resulta difícil ignorar. Rocío Flores reclama que no se la juzgue exclusivamente por ser hija de Antonio David Flores ni por el enfrentamiento que mantiene con su madre, y tiene derecho a reclamarlo. Pero ese mismo derecho corresponde a los demás. Alba Carrillo no es una prolongación de Rocío Carrasco y Carlota Corredera tampoco. Son dos mujeres adultas, con opiniones propias, que tendrán que responder de sus palabras y de sus actos, no de los de su amiga o de la persona cuya versión consideran creíble.

Además, calificar a alguien de «mercenario» desplaza el debate desde los argumentos hacia la persona. Si Rocío Flores considera que Alba Carrillo o Carlota Corredera han mentido sobre ella, puede señalar qué afirmación concreta considera falsa y aportar los datos que la contradigan. Si entiende que han sido injustas, puede explicar por qué; y si cree que difundieron alguna información incorrecta, puede confrontarla con los hechos. Ese es el terreno legítimo de la crítica y ahí cada cual podrá formarse su propia opinión. Lo que resulta mucho más discutible es atribuir un supuesto interés económico sin que se conozcan elementos que permitan acreditarlo.

Rocío Flores merece respeto, también cuando cuenta episodios de su vida que pueden resultar incómodos para otras personas, cuando expresa el dolor que le provoca la ausencia de relación con su madre y cuando recibe críticas desproporcionadas en las redes sociales. Pero el respeto no puede funcionar en una sola dirección. Quienes son amigos de Rocío Carrasco también lo merecen, igual que quienes simpatizan con ella, quienes consideran valiosa la labor que desarrolla alrededor del legado artístico de Rocío Jurado o quienes, sencillamente, creen su relato. Ninguna de esas circunstancias permite por sí misma atribuirles un interés económico.

Tal vez haya llegado el momento de dejar de ampliar permanentemente el campo de batalla. Rocío Flores tiene un conflicto con su madre y puede hablar de él, explicarlo y defender su posición cuantas veces considere necesario, pero las amigas de Rocío Carrasco no son responsables de que madre e hija no se hablen, no provocaron esa ruptura y tampoco tienen capacidad para solucionarla. Que Rocío Carrasco tenga amigas no constituye una agresión contra su hija y que existan personas que la apoyen tampoco debería interpretarse como tal.

Y, desde luego, que dos mujeres defiendan públicamente a Rocío Carrasco no las convierte por sí solo en mercenarias. Para sostener el sentido económico de semejante calificativo haría falta algo más importante que una frase pronunciada en televisión: acreditar que existe un servicio remunerado. Mientras eso no ocurra, quizá resulte bastante más sencillo y también más justo llamarlas por aquello que ellas aseguran ser: amigas.

Almería golpe de pádel

Ignacio Ortega
@opinionalmeria

A las diez y media de la noche, en Almería, todavía quedan rectángulos de luz blanca encendidos. Desde lejos parecen ventanas que alguien hubiera dejado iluminadas, pero son pistas de pádel: veinte metros de largo por diez de ancho, cuatro jugadores y una pelota de color amarillo fosforito que va y viene como si tuviera un asunto pendiente. Almería se ha inventado otra noche. No la de los edificios iluminados ni la de los coches cruzando las avenidas, sino la de esos rectángulos blancos que siguen encendidos cuando la ciudad ya empieza casi a recogerse y bajar la persiana. Hace unos años apenas reparaba en ellas. Ahora las encuentro casi sin querer.

Al principio pensé que era una moda más, de esas que llegan con la fuerza de una conversación nueva y desaparecen cuando aparece la siguiente. Me equivocaba. El pádel ha ido ocupando gimnasios, urbanizaciones e instalaciones públicas hasta convertirse en una escena habitual de la ciudad. Hay pistas que se reservan con días de antelación y jugadores que organizan una partida desde el teléfono en pocos minutos. No es solo que el pádel esté de moda, es que mirando sus pistas se entiende cómo hemos cambiado la forma de gastarnos las tardes aquí, en Almería.

Adela es mediadora y ayuda a resolver conflictos entre partes. Antes entrenaba en el gimnasio con sus amigas. “Una tarde, mientras tomábamos una cerveza en el quiosco de las Almadrabillas, decidimos probar el pádel”, me cuenta. Mientras habla, se recoge el pelo, ajusta los cordones y escribe en WhatsApp: “¿Salimos?”. Tres compañeras la esperan en una pista cercana. Coge la mochila y sale. Durante ese rato, el trabajo y las obligaciones domésticas quedan fuera.

Hace dos décadas, el pádel era casi marginal en la ciudad. En las pistas se ve hoy a un público mucho más diverso: mujeres, jóvenes, niños y jubilados.

Hace diez años todo era al aire libre, aguantando levante y calor. Ahora casi todo se ha metido bajo techo, a la sombra. Ya no hay que llamar: desde el móvil coges pista y hora en dos minutos. Si falta uno, la app te busca un desconocido para completar. La pantalla no ha roto el quedarnos; nos ha cambiado el modo de citarnos. Antes insistías al teléfono; hoy deslizas el dedo y ya tienes sitio para esta noche en la pista.

El pádel se escapó de los clubes cerrados y se abrió a la calle. Los pabellones municipales lo han abaratado y entra más gente, pero no es igual en todos lados. Según el barrio, si tienes un privado cerca o no, y según la hora libre que te quede, jugar en Almería sigue siendo distinto para unos que para otros. El precio, la lista de espera y dónde te cae la pista terminan partiendo la ciudad en dos.

Cuanto más miro esas pistas, más curioso me resulta el asunto. Tenemos el ocio metido en el teléfono y, sin embargo, para jugar al pádel hay que hacer lo de siempre: quedar, llegar y pasar hora y media con otras tres personas. Al final, para desconectar del móvil, el móvil también sirve para quedar.

Pero esa manera de llenar la tarde también ocupa sitio. En la Vega de Acá, La Goleta o Nueva Almería, donde algunas pistas quedan junto a las viviendas, el golpe de la pelota contra la pala y el cristal puede convertirse en una presencia diaria. “A partir de las diez, el ruido llega hasta las viviendas”, explica Alfredo, un vecino de la avenida Adolfo Suárez. No ocurre igual en los grandes complejos, alejados de las viviendas y con medidas de aislamiento acústico. Cuando el pádel sale del club y entra en la zona residencial, deja de ser solamente una actividad privada: se convierte también en una cuestión de convivencia.

Adela termina, se seca la frente y comprueba el móvil. Durante el partido aparecen los gestos habituales: una compañera que anima, un reproche después de un fallo y una bola que se da por buena sin discutir. El trabajo y las tareas de casa han quedado fuera durante un rato. Adela es una jugadora más.

Dentro, cuatro jugadores siguen alargando la tarde. Fuera, alguien mira el reloj. Para unos, la pista es un lugar de encuentro; para otros, una fuente de ruido que llega hasta sus viviendas. Y mientras unos golpean, otros cuentan los minutos.

Y yo, que observo desde fuera, sigo sin entender por qué esas bolas son de amarillo fosforito.

Matar el relato

Ignacio Ortega
@opinionalmeria

A las seis y media, en La Cañada, el plástico ya quema por dentro. Un agricultor me abre la puerta del invernadero y me dice: «Aquí el desierto no se venció, se aprendió a regar». La frase podría parecer una ocurrencia, pero contiene buena parte de la historia de Almería. Durante mucho tiempo, la provincia se ha contado desde la carencia: el desierto, la periferia, el atraso. Como si vivir en el extremo del mapa fuera una condena. En 1955 ocupaba uno de los últimos lugares de España en renta. Tierra seca, lejos de todo. Una condición que parecía definitiva.

Después llegó el plástico, pero lo que llegó con él fue una nueva forma de organizar el trabajo. Basta recorrer La Cañada o Vícar para entender que aquel paisaje no apareció de golpe. Debajo hay décadas de ensayo, adaptación y trabajo de agricultores, cooperativas y jornaleros que fueron construyendo un modelo. A finales de los noventa todavía se hablaba de dos Andalucías. En 2018, los análisis ya destacaban el vuelco: en medio siglo Almería había pasado de estar entre las provincias más pobres a situarse entre las que más habían crecido. Los datos habían cambiado. El relato seguía intacto.

Ese relato es resistente. Almería continúa apareciendo bajo los viejos enfoques: desierto, periferia, mar de plástico. Y cuando aparece la riqueza, llega otro tópico para ocupar su lugar: el «cateto de invernadero», inculto pero con Mercedes. Cambia el signo, pero no cambia la mirada. Quizá porque ese relato resulta cómodo: alimenta el victimismo, simplifica la realidad y permite seguir explicando Almería con categorías que pertenecen a otra época. Es más fácil repetir una historia conocida que aceptar que la realidad ha dejado de encajar en ella.

Matar el relato no significa negar las contradicciones. También en Níjar la riqueza agrícola convive con precariedad y desigualdad, y sería absurdo ocultarlo. Pero una sociedad puede seguir teniendo problemas y, al mismo tiempo, haber dejado atrás la posición desde la que durante generaciones fue mirada. Una cosa no invalida la otra. El problema aparece cuando convertimos una parte de la realidad en su explicación completa.

Almería nunca tuvo agua de sobra. Tuvo que aprender a contar cada gota. En un invernadero no llega como lluvia: entra por tubos y se reparte planta a planta, en la cantidad justa. No cambió de geografía, sino de relación con ella. Tal vez ahí esté la verdadera historia de esta tierra: no en haber vencido al desierto, porque el desierto sigue ahí, sino en haber aprendido a vivir de otra manera con aquello que parecía condenarla. Quizá haya que empezar a mirar Almería no desde lo que le falta ni desde lo que supuestamente ha conseguido, sino desde lo que ha hecho con sus límites: cómo los ha trabajado, cómo los ha transformado y qué nuevas contradicciones ha generado en el camino.

Por eso quizá haya llegado el momento de cambiar la pregunta. No se trata de decidir si Almería dejó de ser pobre o se hizo rica, ni de sustituir un relato de atraso por otro de éxito. Se trata de preguntarnos por qué seguimos mirándonos con las categorías de hace setenta años, como si la historia hubiera cambiado a nuestro alrededor pero nosotros siguiéramos obligados a contarnos de la misma manera.

Porque quizá el problema no sea encontrar un nuevo relato para Almería, sino seguir necesitando el relato para explicar una realidad que ya cambió. Almería no venció al desierto; aprendió a regarlo, a medirlo, a trabajar con él. La geografía sigue ahí, pero ya no es fatalismo.

Las portadas de los tres periódicos de Almería

Aarón Rodríguez
@opinionalmeria

Cada mañana se pueden adquirir tres periódicos de papel que tratan sobre los temas de Almería y su provincia. El decano es  La Voz de Almería , que es también el que tiene mayor difusión. El segundo por el número de lectores es  Ideal,  el periódico con sede en Granada, que tiene una edición especial para Almería. El tercero en difusión es el más joven -que recuperó el nombre de una cabecera histórica-, Diario de Almería, que pertenece al Grupo Joly, propietario de cabeceras en casi todas las provincias andaluza: