En
esta ciudad, el verano no llega: se instala. Cada año, desciende limpio desde
mayo a octubre. Y en ese agobio que es belleza se aprende a resistir, con la
misma parsimonia de los ferris que se alejan ante mí, hacia Orán, Melilla o
Nador. No pide permiso ni tiene prisa.
Si tuviera río, estaría seco; si tuviera sombra, no sería Almería. El calor lo
cubre todo como piel ajena imposible de quitar. No hay tregua. Ni para las
flores, ni para los humanos, ni para el sueño.
El
asfalto se agrieta como la piel vieja. El suelo cruje bajo las suelas. El mar,
que en otro tiempo alivia la ciudad, en verano arde. El viento es un aliento
caliente que empuja sin refrescar. Al atardecer, en lugar de chicharras, puedes
escuchar el crepitar del suelo bajo un sol que declina entre las calles,
mezclando el calor acumulado con el olor del azahar y el salitre que llega
desde el puerto.
Recuerdo
aquellos veranos que eran como un suspiro bajando desde Jaén, tumbado en la penumbra de una habitación
frente a la playa del Zapillo. La persiana bajada, la luz filtrándose en rayas
oblicuas, el ventilador girando sin fe. Afuera, voces apagadas. Dentro, el
tiempo detenido. Entonces el verano era otra cosa: un refugio lento, una
promesa. Hoy el calor de este verano lo borra todo. Se borran los nombres, las
palabras, las frases. Se borran y amenazan con perderse para siempre. Todo ha
cambiado mucho. También yo, arrastro mis recuerdos sobre esta piel gastada, que
ahora pertenecen a las arenas de estas playas. Hasta los olores a salitre y
humedad vieja vuelven, y todo lo guardo, suspendido en mi memoria.
Pronto los días se acortarán y el último sol de este verano, afilado como un cuchillo, dejará su huella en la ropa, en las calles, en la memoria de quienes vivimos y pasaron por aquí. Almería no se deja olvidar. Ni su luz que no ilumina sino que te atraviesa y te deja en el alma una huella impregnada de sal y silencio que desciende desde allá, al fondo, de una alcazaba vigía, como un faro que se impone frente al mar y la ciudad. Si algo tienen los veranos de Almería, es que los almerienses no reniegan de su sol, sino que buscan a alguien con quien compartirlo, que es la forma brutal de hacernos más humanos.














