Las fronteras de Ceuta y
Melilla vuelven a enseñarnos su rostro más antiguo: una línea trazada sobre un
mapa que para unos significa seguridad y para otros significa el lugar exacto
donde empieza la esperanza o termina la vida.
En estas dos ciudades caben
los dilemas reales de la gestión fronteriza: la presión geopolítica, la falta
de infraestructuras de acogida o la urgencia de regularizar a quienes sostienen
nuestra economía. Pero mientras la política discute sobre todo ello, la gestión
pública real carece de infraestructura y solidaridad interterritorial.
Y junto a todo eso aparece, a
veces, el oportunismo político: aprovechar una crisis, con todos los problemas
que tiene, para endurecer un discurso contra la inmigración. Pero hay otra
palabra que debería estremecer a quienes hacen de la inmigración un argumento
político: “cazar”.
Una palabra que yo preferiría
no volver a escuchar aplicada a una persona. Porque cazar significa perseguir,
acorralar, convertir a alguien en presa. Y cuando esa palabra sale de la boca
de un político, ya no parece una simple manera de hablar. Algo cambia en la
mirada: la persona que está delante deja de ser alguien al que conocemos o del
que sabemos algo para convertirse en un objetivo.
Me inquieta que, mientras en
las calles de Torre Pacheco se llamaba a “cazar moros”, una diputada por
Almería, Rocío de Meer, defendía en el Congreso la “remigración” de millones de
personas. Las palabras no son las mismas, pero el territorio que dibujan
empieza a parecerse demasiado. Y más aún cuando otro diputado de Vox, José
María Figaredo, acaba de utilizar los verbos “cazar” y “pescar” para referirse
a migrantes en plena crisis de Ceuta. Cazar coloca a uno arriba, armado,
legitimado; y al otro abajo, deshumanizado, corriendo. Ya no es una persona con
historia, sino un objetivo.
Almería lo sabe. Esta tierra
que se ha levantado durante décadas con manos de inmigrantes, marroquíes
primero y después subsaharianos y latinoamericanos, vio en 2000 el estallido de
El Ejido, uno de los episodios de violencia xenófoba más graves de nuestra
democracia.
Por eso conviene detenerse en
una palabra que puede parecer una más, pero no lo es. Cuando un político
utiliza desde el atril del Congreeso el lenguaje de la caza contra personas
inmigrantes, no está simplemente hablando de un problema. Está señalando al que
debe ser perseguido.
La historia de España ya sabe a dónde conduce ese verbo.













