Contemplo,
asombrado, las fotos majestuosas de la ciudad de Almería que brotan en mi
Instagram, impulsadas por algún algoritmo que parece ignorar que vivo aquí sin
el agotador ejercicio de figurar en ella. Instagram no sabe que, para mí, vagar
por la ciudad es una lectura anónima: observo rostros, leo paisajes, describo
escenas y detengo la mirada en detalles que esa red social nunca podría
comprender.
Hay
quien descubre Almería a través de una alocada carrera de fotografías; pero a
mí me gusta descubrirla caminando al atardecer, cuando la luz del día concede
una tregua y la ciudad muestra sus contradicciones, revela sus cicatrices y
deja entrever su inconsciente colectivo. Es la hora en que alguien puede
regalarte una mirada que no cabe en una instantánea de Instagram.
A
veces, para curarme de la mirada áspera de la marginalidad de algún barrio que
acabo de recorrer -y del deterioro que lo infecta, ya sea por la falta de
acción municipal o por el abandono vecinal- subo a lo más alto de La Chanca.
Desde allí descubro la ilusión de la luz dorada del poniente y el aire limpio
del atardecer, un bullir de colores primorosos que parecen burbujear de
electricidad.
Caminar
cansa, sí, pero no solo por la distancia. Cansa porque a cada esquina la ciudad
se te revela en la mirada distinta -más distraída, más segura- de quienes
habitan el centro o las zonas residenciales.
A
veces, para no cansarme, bajo la vista y me concentro en mi propio andar, pero
descubro las imperfecciones de la ciudad bajo mis pies: aceras torcidas,
baldosas vencidas, grietas que serpentean como heridas olvidadas. Y comprendo
que la ciudad también se escribe ahí abajo, en esas líneas torcidas que obligan
a caminar con cuidado.
Voy
y vengo cada día por los entresijos de la ciudad absorbiendo, como una planta
más, la luz del día, con las manos en el bolsillo y un periódico bajo el brazo.
Me siento en cualquier banco del parque, leo hasta que las noticias de un mundo
sin tregua me tragan.
La
escuela peripatética de Aristóteles ponía el énfasis en la experiencia de
deambular como forma de explorar el aprendizaje y reflexionar sobre la vida.
Pero prefiero callejear por los territorios de esta ciudad y registrar en cada
paso esa forma de escritura que me dictan los rayos de sol sobre ese cielo
tenso, liso, como una tela azul extendida sobre un paisaje aparentemente
inofensivo.
Escribir la ciudad y caminarla es una especie de cantera que utilizo como cuaderno. En ese cuaderno anoto las cicatrices del presente; y en cada una de ellas encuentro el dolor de sentirla herida. Porque caminar una ciudad no es recorrerla: es, también, leerla.








