Desde que se estrenó El Sótano
Club en TEN, con Alba Carrillo como presentadora principal, he defendido
públicamente el trabajo de este equipo joven. El pasado 9 de octubre, tras la
polémica por las declaraciones de Carlos Peguer sobre la clase obrera y las
reivindicaciones sociales, pedí en mi cuenta de X que se siguiera apoyando al
programa y, especialmente, a quienes trabajan en él.
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| Alba Carrillo / Ten |
Recordé que Alba Carrillo,
Anna Gurguí, Alberto Guzmán, Marta Riesco, Marc Biarnés y todo el equipo
técnico y humano no eran responsables de las declaraciones de su antiguo
presentador. Detrás de un programa hay trabajadores y su esfuerzo no puede
quedar eclipsado por una polémica individual. Lo que nadie imaginaba era
que, unos días después, Alba iba a abandonar el plató para posteriormente anunciar
su salida de El Sótano Club. Los espectadores esperaban que condujera el
programa como mínimo hasta primeros de noviembre coincidiendo con el estreno de
La Séptima.
Al día siguiente en un directo
de Instagram, la presentadora explicó los problemas que tenía para compaginar
sus compromisos profesionales, sus estudios y la maternidad. También reconoció
su distanciamiento personal de Marta Riesco, de la que dijo haber sido solo
compañera y no amiga y a la única compañera que había bloqueado. Riesco
respondió inmediatamente cuestionando esta versión.
No se conocen todos los
detalles de lo ocurrido entre ellas ni en su entorno laboral, ni siquiera si el
problema va más allá de lo laboral. Sin embargo, las redes sociales no han
tardado en recuperar episodios de la trayectoria de Alba para presentarla como
una mujer que siempre termina mal con sus compañeros y en sus trabajos.
Y aquí es donde hay que
reflexionar, porque cuando una persona está etiquetada de conflictiva,
equivocadamente o no, cualquier nuevo problema se convierte para los que la
señalan en una victoria como confirmación de esa etiqueta.
¿Una mujer que no se calla es
una mujer conflictiva? Alba ha protagonizado
enfrentamientos públicos, ha mostrado sus desacuerdos profesionales y ha tomado
decisiones que pueden ser discutibles por no darse en el ámbito privado y
hacerlas publicas. Ella no está por encima de la crítica, pero tampoco puede ser
que cada episodio de su trayectoria se utilice como una prueba de que el
problema siempre es ella o de ella. Hay que diferenciar donde termina la
crítica y comienza el linchamiento.
En 2023 Carrillo demandó a
Mediaset y a varias productoras por cuestiones laborales y finalmente las
partes alcanzaron un acuerdo antes de llegar a juicio. No hubo una sentencia,
por lo cual no se niega que Alba tuviera razón en su reclamación, así que este
hecho no es la prueba de que sea una persona conflictiva.
Algo parecido ha ocurrido con
su salida de D Corazón esta primavera pasada, tras sus críticas a MasterChef y
denunciar que había recibido una llamada de atención de la productora del
reality. Se puede cuestionar su decisión de no acudir al programa o debatir
sobre sus declaraciones, pero hay que analizar las circunstancias en lugar de
achacar el episodio a su carácter.
Las broncas cruzadas en el
pasado con Jorge Javier Vázquez dentro de su participación en algunos realities
de Telecinco tampoco demuestran esa poca profesionalidad o abandono de
responsabilidades que se le atribuyen. Bien conocidas son las dinámicas de estos
formatos y como se estimula el conflicto.
Estos últimos días no solo se
ha etiquetado a la presentadora de conflictiva, sino que este etiquetado se
hace extensivo a su madre, Lucía Pariente, a la que además han calificado de
manipuladora o mala influencia de su propia hija retrotrayéndose precisamente a
los años de su participación en Supervivientes o GH.
Lucía opina habitualmente en X
tanto sobre cuestiones sociales como sobre temas relacionados con la
televisión. Sin embargo, ahora se la critica por expresar sus opiniones y
defender a su hija en esta red social. Esta crítica también conlleva un
menosprecio hacia Alba, ya que al atribuirle a Lucía esa influencia en las
decisiones que toma Alba, se pone en duda la capacidad de esta para pensar por
sí misma, como si careciera de criterio propio, no fuera una persona adulta o
no fuera responsable de sus propias decisiones. En definitiva, restar capacidad
a una mujer adulta funcional. Un sesgo machista, algo que jamás se aplicaría a
un hombre. Ya sea por débiles, por protestar, por mostrar enfado o aceptar
determinadas situaciones, las mujeres siempre terminan siendo juzgadas.
También se acusa a Lucía de
terminar mal en todos sus trabajos. Algo incoherente, pues su larga trayectoria
laboral no se centra precisamente en la televisión, aunque haya participado
puntualmente en algún formato. Pariente se plantó ante Jorge Javier Vázquez en
un debate tras su paso por Secret Story en el que el de Badalona no estuvo
quizás acertado gestionando la situación. La Justicia declaró improcedente el
despido de Lucía por parte de Zeppelin TV, aunque no condenó a Jorge Javier
Vázquez. Estos matices judiciales hay que tenerlos en cuenta, sobre todo cuando
se pretende utilizar un episodio para juzgar a una persona.
La doble vara de medir: Marta
ayer, Alba hoy. Entre todo lo que se comenta
en X hay una contradicción a la que es difícil encontrar una explicación.
Algunas de las cuentas que ahora apoyan a Marta Riesco y cuestionan la
estabilidad emocional de Alba son las mismas que fueron muy duras y
sobrepasaban incluso la crítica llegando a la falta de respeto hacia Marta
cuando esta publicaba vídeos llorando y explicaba su situación profesional en
el programa de Ana Rosa Quintana, y el daño que le provocaban las críticas que
recibía desde Sálvame.
Es curioso que el sufrimiento
de una mujer genere empatía en unas circunstancias y se convierta en motivo de
burla o descalificación en otras.
Lo peor de todas estas
críticas, y además totalmente injustificable, es el recurso que algunos usuarios
y comentaristas están haciendo de la salud mental como arma arrojadiza para
atacar. Llorar no es un diagnóstico y enfadarse y levantarse de una silla tampoco.
Romper una amistad o abandonar un trabajo no demuestra inestabilidad emocional.
Y haber necesitado tratamiento psicológico o psiquiátrico, si así se ha contado
públicamente, no invalida la capacidad de una persona para tomar decisiones.
Porque una cosa es cuestionar una conducta y otra utilizar supuestos problemas
psicológicos para restar credibilidad a quien los protagoniza.
La lealtad, los conflictos y
los límites de las redes. Alba ha expresado su decepción
últimamente con algunas personas de su entorno laboral porque ella siempre ha
concedido mucha importancia a la lealtad. Se puede pensar que sus expectativas
son exigentes o que una amistad no obliga a compartir todas las opiniones. Pero
también hay que reconocer que cada persona tiene derecho a establecer sus
límites y decidir con quién quiere mantener una relación y cómo.
No se conocen las
conversaciones privadas que han llevado a esos distanciamientos, no se sabe si
se exagera o se minimiza porque son cuestiones íntimas de los que rompen esa
amistad. Por lo tanto, se está juzgando desde fuera y atribuir cuestiones sin
pruebas resulta poco riguroso.
No se trata de mostrar a Alba
Carrillo como una mujer épica o una heroína televisiva, ni pretender negar a
Marta Riesco el derecho a defenderse o a expresarse. Las dos pueden equivocarse
o tener razones en sus alegaciones y, por supuesto, que sus actuaciones pueden
ser objeto de crítica. Pero una cosa es cuestionar sus comportamientos y otra
muy distinta etiquetar o administrar la empatía en función de los intereses
particulares de cada uno o de quién nos caiga mejor o peor en cada momento.